Todo parece encaminado a que por enésima vez, los políticos peruanos cumplirán con su obstinación por hacer de su labor una festiva convivencia con la trampa y la mentira. Todo indica que José Jerí será, más temprano que tarde, el tercer presidente en ser defenestrado por actos que, más allá de la probable corrupción, no se condicen con la extrema decencia que exige la máxima magistratura del país.
La presidencia está en ruinas. Es cierto que llegó a su máximo estado de putrefacción con Pedro Castillo (algo que la izquierda, ahora, quiere olvidar) pero también lo es que Dina Boluarte contribuyó al desprestigio y Jerí ha colocado la cereza en la torta de la indecencia y la indignidad.
Y no estamos hablando aún de corrupción. Nos estamos refiriendo a la procacidad con la que un jefe de Estado –aunque encargado de la presidencia- se desplaza a un negocio clausurado por la municipalidad para coordinar– no se sabe qué- con un cuestionado empresario chino Xhihua Yang, en pleno centro de Lima. Nos referimos a la sospecha forma en que hermosas mujeres como la que acompañó a Jerí, de pronto, elevan sus sueldos a niveles escandalosos o a una capucha que oculta mucho más que una oscura presencia.
Con cuatro expresidentes presos, una libre pero vacada, y otro en ejercicio pero a punto de ser censurado, la institución presidencial consolida su declive y apunta a un colapso sin precedentes. Sus responsables –de todos los colores políticos– no solo se llevan para sí los años de prisión, la condena pública y la vergüenza, sino el haber contribuido con su ignominia al ultraje de lo que debería ser el cargo de mayor honor y la función más sagrada del país.




