El secuestro de Jenss Lara Tantaquilla, la muerte de 4 personas de su entorno y su posterior liberación muestran una realidad monstruosa, que tiene larga data, y a la que el Gobierno reaccionó con improvisación, ridiculez y farsa.
Habíamos escrito antes que el sentido de urgencia estaba ausente en la estrategia del régimen de Keiko Fujimori contra la inseguridad ciudadana.
No había un plan y no lo hay, pero es peor que ante la inexistencia de este, se monte una infeliz tragicomedia con actores principales como el ministro de Defensa, Rafael Belaunde, y otros secundarios, como los jefes policiales Óscar Arriola y Víctor Revoredo, y el ministro del Interior, César Astudillo.
Han dado vergüenza ajena. Lo del lunes ha sido un fiasco total, una ópera bufa, la teatralización de un drama montado sobre una tarima por la que drenaba la sangre de cuatro víctimas.
Hubiese sido mejor reconocer, hidalgamente, que la familia de Lara pagó el rescate y que se busca a los asesinos. Y esperar, y no salir despavoridos en busca de gestos reinvindicatorios.
Señora Fujimori, señor Galarreta, le están dando a la oposición las armas soñadas para demolerlos.
La inseguridad en el país es un tema extremadamente grave, complejo, transversal y múltiple, en el que no hay lugar para fábulas o historias del Viejo Oeste.
Y, también hay que decirlo, tampoco hay lugar para jueces como Yrma Luzmila Chiroque Morán que en abril de este año liberó a Armando Barros Cruz, “El Cocinero”, presunto cabecilla de “Los Pulpos, nueva generación”.
Así es imposible.




