Mientras la vorágine electoral nos arrastra y estamos preocupados por la inseguridad y el alza del costo de vida, una amenaza silenciosa avanza y nadie parece hacer nada para conjurarla: el aumento de casos de leptospirosis.
Hasta la semana epidemiológica 11 (del 1 de enero al 21 de marzo), el Perú registró 1,238 casos entre confirmados y probables. La cifra de fallecidos se triplicó respecto al último reporte oficial, alcanzando 9 muertes. No son cifras de espanto como las del COVID-19, pero es un llamado de atención que no está siendo respondido y mucho menos escuchado.
Los casos, según el Ministerio de Salud, están distribuidos en 23 departamentos y la provincia constitucional del Callao y ha decretado una alerta que en la práctica comprende a todo el país.
¿Debería sorprendernos que una enfermedad que se soluciona con mejoras estructurales como un sistema de agua y alcantarillado que sí funcionen siga aumentando? Claro que no, porque demuestra la desidia a la que la ciudadanía se encuentra sometida.
Estamos ante una enfermedad cíclica que se desata con las lluvias y que, como todos los años, mata igual que las lluvias, pero lo hace, especialmente, con los que menos tienen.




