El Mundial empezó y cada vez es menos raro lo mucho que nos puede costar emocionarnos. No faltó espectáculo, es imposible que falte en esta época. Inauguración correcta, México y un triunfo previsible en un partido en lo que lo más llamativo terminaron siendo tres tarjetas rojas que destacan como un mero detalle estadístico para algunos, pero también constituyen una señal de época para otros.

El fútbol de hoy, al igual que quienes lo amamos, vive un poco obsesionado con corregirse a sí mismo. VAR, cámaras múltiples, trazo de líneas que detectan porciones de extremidad ilícitas, y una rigurosidad arbitral que parece incómoda hasta para los propios árbitros, pero que responde a una de las más grandes exigencias contemporáneas: suprimir el error. Y es inevitable preguntarse si en ese camino terminamos eliminando algo más profundo.

La literatura, y el arte en general, entendió hace mucho que ciertas imperfecciones también construyen belleza. Una redundancia puede convertirse en estilo, una frase extensa imponer ritmo y una “rareza” matizar la voz. Hoy, las herramientas digitales parecen empujarlo todo hacia la limpieza absoluta: textos impecables, precisos, eficaces, pero también, muchas veces, incapaces de transmitir humanidad, inocuos, débiles. Con el fútbol empieza a suceder algo parecido. ¿Es el fútbol un arte? Ese es otro debate.

Hay una predilección por la “justicia” y aunque parezca tirano atacar aquello que la busca, lo cierto es que los mecanismos para alcanzarla nos han regalado un fútbol que, por momentos, es aséptico e infumable. Las tres expulsiones del partido inaugural no solo hablan de un reglamento más estricto, sino de una época donde cada margen de error es observado con lupa y castigado en el acto. La paradoja está en que seguimos recurriendo al fútbol por aquello que no puede controlarse del todo: la emoción.

No existe algoritmo que anticipe la ebullición un grito de gol inesperado, ni esa histeria colectiva que produce un Mundial, incluso cuando el partido resulta discreto.

Hoy debuta Sudamérica con Paraguay ante Estados Unidos y, esperamos, el torneo irá encontrando temperatura. Los Mundiales también son eso: una combustión lenta, más ahora con este formato. La pelota seguirá rodando entre revisiones y tecnologías que apuntan a la perfección. Y nosotros seguiremos esperando aquello que inevitablemente escapa a cualquier perfección: la posibilidad de sorprendernos.

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