En medio de una crisis política que parece haber convertido al Perú en un país experto en tropezar con la misma piedra, nos encaminamos nuevamente a las urnas. Más de 27 millones de ciudadanos tendrán en sus manos la posibilidad de elegir gobernadores regionales, alcaldes provinciales y alcaldes distritales. Y con ellos, también elegirán —aunque muchas veces no lo asuman con conciencia— el destino de sus ciudades y regiones durante los próximos años.
Hay candidatos con prontuario, tránsfugas reciclados, debutantes sin brújula y reeleccionistas camuflados que prometen ahora hacer lo que no hicieron antes y aventureros que parecen confundir el servicio público con la oportunidad de hacer negocios. No es una caricatura. Es el reflejo de una política que hace tiempo dejó de avergonzarse de sus propios defectos.
Pero esta vez hay algo que el ciudadano no debería perder: la memoria. Después de tantos años de promesas incumplidas, obras inconclusas, escándalos y autoridades que descubrieron que gobernar era mucho más difícil que prometer, el voto ya no puede ser un acto de rabia. Tampoco de resignación. Mucho menos de simpatía personal. El voto tiene que ser un acto de memoria, inteligencia y responsabilidad.
Porque cada elección comienza con una cédula, pero puede terminar afectando la vida de todos. Un mal alcalde puede dejar una ciudad endeudada, insegura y sin obras. Una mala gestión regional puede desperdiciar millones y retrasar durante años hospitales, carreteras, colegios y proyectos productivos. Y cuando llega el siguiente proceso electoral, los mismos responsables suelen aparecer con una nueva fotografía, un nuevo color y un renovado catálogo de promesas.




