Hace más de 200 años Frederic Bastiat, economista y político francés, sostenía que cuando la ley y la moral se contradicen una a otra, el ciudadano confronta la cruel alternativa de perder su sentido moral o perder su respeto por la ley. ¿Está bien que las autoridades soliciten a los ciudadanos hacer lo contrario a lo que manda la ley? ¿Está bien que los administrados admitan, obviar o violar la ley? ¿Qué está bien, qué está mal? El Estado en el Perú, difícilmente funciona o no funciona bien. Es una cruel realidad que se replica en distintos espacios y para muestra, un botón: En una municipalidad distrital, con ocasión de un trámite administrativo, un ciudadano solicitó la devolución de un pago efectuado erróneamente, se le contestó por escrito que para atender su pedido, debía adjuntar el recibo de pago “original” (y no en copia) expedido por la misma institución. Lo curioso es que ello viola flagrantemente la ley del procedimiento administrativo general que señala que las instancias públicas están “prohibidas” de solicitar documentos que ellas mismas expidan y peor aún, resultó descubrir que la propia entidad expidió normas internas que sustentaban y ratificaban groseramente esta expresa violación a la ley. Y podría citar cerros de casos: la exigencia de copia de documentos “fedateados” por la propia entidad pública (rechazando aquellos legalizados notarialmente); la exigencia de partida de nacimiento además del DNI y muchas más. El desconocimiento de los funcionarios acerca de los principios elementales del derecho y de la simplificación administrativa, es abrumador. Pareciera que los usuarios, los hombres y mujeres de a pie, somos algo así como la última rueda del coche. Pareciera que la tortura burocrática es la regla y que para lo demás, está el Indecopi. Las entidades parecieran preocuparse más por cuidar del medio ambiente, por segregar la basura por colores, por promover el clima laboral interno y pareciera, más bien, que han perdido de vista el foco principal y más importante de toda gestión: ¡el usuario, el cliente, los ciudadanos, a los que tienen que servir! Hagamos que esta “última rueda del coche” sea la que exija a las autoridades reenfocarse, obrar y cumplir cabalmente su misión.