Los últimos años de la historia peruana han sido construidos por una pasión perversa y dominante: el odio político. En efecto, el odio, producto de la manipulación y del discurso políticamente correcto, promueve un rechazo visceral a ciertas figuras y partidos, un rechazo que va más allá de la razón, del sentido común, incluso del beneficio propio. En cierta forma, de manera tardía, Sendero Luminoso triunfó al inocular en el torrente sanguíneo de nuestra sociedad su odio ciego, luciferino, tan ideológico como letal, un odio nacido en la ultratumba, un odio que busca aniquilar a las figuras y los partidos que lideraron a los peruanos que derrotaron al terrorismo marxista en los noventa. Si el odio es la herencia de Sendero, el odio debe ser combatido y ahogado en la abundancia del bien.
Hacerle caso a ese odio, seguir sus directrices y sus mandatos, equivale a hacerle el juego a los promotores de la violencia que desangró al Perú hasta casi destrozarnos. Combatir el odio en las urnas, en los debates con tolerancia, en los pactos de Estado para lograr políticas públicas de largo alcance es el objetivo fundamental de una democracia viable y sólida. El odio sin sentido, el odio que hace que te dispares a los pies es otro signo más de nuestra eterna adolescencia. No podemos aspirar a la regeneración nacional si no cerramos el círculo de nuestras pasiones. Eso es lo que diferencia a los grandes países de las sociedades condenadas a la irrelevancia y el atraso material.
Por eso, tenemos que ir a las urnas dispuestos a perdonar los agravios de la política, los errores históricos y los excesos del poder. Vamos a elegir a seres de carne y hueso, no al Arcángel San Miguel. Usemos la razón para que nos gobierne un partido con experiencia, con una idea clara de cómo debe funcionar un país tan complicado como el Perú.




