La historia se repite como farsa y como tragedia. Tratándose del Perú, país de gentes sonámbulas, la historia se repite de muchas formas distintas, cada cuál más kafkiana que la anterior. En teoría tendríamos que haber aprendido de nuestros errores para no tropezar nuevamente con la misma piedra. Pero nos encanta el dulce encanto del drama recurrente, ninguna herida histórica, ni los desastres ni las crisis, nos ayudan a superar nuestra eterna adolescencia.

A estas alturas del partido tendríamos que estar vacunados contra la irrupción de los outsiders generados en los laboratorios del sectarismo y la manipulación, pero ocurre precisamente lo contrario. En el Perú hacemos política apostando en el último instante por cualquier caballo que nos caiga simpático. Jugamos a la lotería, sin que nos importe la relevancia del premio o el castigo. Por eso, nuestro país apuesta por los outsiders, aunque no tengan experiencia, aunque sean cuestionados, aunque su mensaje sea superficial y utópico. Nos encanta la novedad, el último modelo. Y luego nos quejamos cuando todo se incendia.

Por eso, cuando llegue eso que Riva Agüero llamaba “la larga procesión de las larvas grises” o sea el hundimiento, el descalabro, tendremos que padecer la responsabilidad de nuestras decisiones atolondradas. Lamentablemente, es una responsabilidad colectiva, porque afecta a justos y pecadores, especialmente a los más pobres, que tienen que sufrir las consecuencias del sectarismo y la inexperiencia. Ojalá que esta elección nos sirva para romper ese patrón perverso, esa costumbre perniciosa que nos ha costado tanto. Tenemos que madurar de una vez y por todas, si de verdad queremos dejar a nuestros hijos un Perú más justo, más libre y más anclado en el principio de realidad.