Estuve el útimo fin de semana en Arequipa. Viajé con el temor de encontrar manifestaciones, enfrentamientos y bloqueos en las calles. Nada de eso sucedió. Más allá de algunas personas que perifoneaban en plazas y parques condenas contra la presidenta Dina Boluarte y el Congreso, todo se desarrollaba con normalidad en la Ciudad Blanca. Un taxista me decía que los arequipeños no querían saber nada de paralizaciones porque la prioridad es trabajar. “Ya se viene el colegio y hay que tener plata para esos gastos”, manifestaba. “Aquí no hay nada. Imagínese caballero, si Arequipa se levanta no hay Gobierno que resista”, añadía.

En los siguientes días hubo marchas e intentos de bloqueos, pero sin mayores consecuencias. Todo controlado.

La inmensa mayoría de arequipeños decidió no paralizar su región, pese a las convocatorias a plegarse de organizaciones y líderes del sur del país. Tampoco ha respondido a los llamados de unidad de algunos aventureros que quieren conformar una macrorregión para discutir su supremacía con Lima o, en otros casos más descabellados, separarse del Perú.

Hace poco el gobernador regional del Cusco, Werner Salcedo, expresó que “parte de la tarea que nos hemos propuesto es unificar la macro sur. Hemos decidido Puno, Cusco, Apurímac y Madre de Dios unirnos, esperemos que Arequipa, Moquegua y Tacna también se integren”.

Dudo que Arequipa acuda a la convocatoria del gobernador cusqueño. Sus ciudadanos ya tomaron conciencia que el ánimo bélico y la convulsión solo genera una profunda crisis, que arrastra a todos y no solo atenta contra los bolsillos sino también contra las libertades.

Nadie condena las protestas. los que la hacen están en su derecho, pero usar las marchas para operar fuera de la ley o a la fuerza solo degrada el sistema democrático.