Hoy culminan los debates presidenciales en el país, cerrando dos semanas en las que, más que ideas, abundaron los gestos, las frases efectistas y, en no pocos casos, el espectáculo. Lo que debía ser un espacio para confrontar propuestas y ofrecer respuestas a los problemas cotidianos de la ciudadanía terminó desdibujado por intervenciones superficiales y momentos más cercanos a la distracción que al análisis. Han sido pocos los candidatos que lograron sostener un discurso consistente, capaz de conectar con las verdaderas urgencias del país.
En ese escenario, la responsabilidad recae ahora en los electores. Más allá del ruido, corresponde hacer el ejercicio de filtrar promesas, distinguir entre lo viable y lo improvisado, y reconocer no solo lo que se rechaza, sino lo que se propone construir. Elegir no es un acto impulsivo, sino una decisión que exige criterio y reflexión, especialmente cuando lo que está en juego es el rumbo del país.
Los datos recientes refuerzan la incertidumbre. Si bien un 54% de ciudadanos asegura tener decidido su voto, existe un significativo 46% que aún no lo define: un 30% no lo ha pensado, un 13% evalúa opciones y un 3% permanece indeciso. A pocos días de las elecciones, esta cifra revela no solo dudas legítimas, sino también una desconexión entre la oferta política y las expectativas ciudadanas.




