La política no es una ciencia exacta. El poder no siempre es detentado por los mejores. Sin embargo, los más capacitados, si no acceden al poder, al menos deben apoyar las iniciativas realistas que se encaminen hacia el buen gobierno. Ahora bien, la naturaleza humana es una naturaleza caída, la envidia y la mediocridad juegan en contra de los intentos de unidad política. Siendo así, es preciso identificar a los envidiosos y a los mediocres que, por no ganar en las urnas, se dedican a torpedear cualquier iniciativa con tal de mantenerse en vigor. Es la seducción del diletantismo, vanidad de vanidades, todo es vanidad.

La unidad debe convocar a los mejores, con independencia de su filiación política. Los gobiernos que logran alcanzar sus metas triunfan primero en la formación de coaliciones capaces de mantener el control del Estado. Esas coaliciones no son entes gaseosos que solo responden a los espasmos o a las circunstancias del día a día. Las coaliciones que implementan políticas de Estado de largo aliento tienen una agenda concreta y realista, una agenda con plazos y objetivos. Una agenda que debe implementarse por el bien del país. Y en tanto dueña y autora de una agenda, la unidad es performativa, la unidad es funcional. Se despliega, actúa, genera, propone y moviliza al poder con un fin concreto. El poder que solo reacciona, el poder que solo se defiende, el poder que se atrinchera y se deja rodear por todos, es un poder debilitado que ha perdido su capacidad de pasar a la ofensiva. Por eso, en toda estrategia, romper el cerco es la primera tarea.

Las mayorías silenciosas pueden ser representadas por estos proyectos de unidad funcional. Para legitimarlos es preciso ofrecer soluciones viables y rápidas. El otro no puede ser culpable para siempre. Para el pueblo, el responsable es el poderoso, quien debe mandar de verdad.

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