La detención de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos es el primer paso hacia el fin del chavismo. La caída de una dictadura que llevó a su país al colapso económico, a la represión sistemática y al éxodo de millones de ciudadanos es, en sí misma, una buena noticia para Venezuela y para una región que sufrió los efectos de esa crisis. Por eso es más que legítimo que se celebre el fin de un régimen autoritario y la esperanza de que se reconstruyan instituciones, economía y convivencia básica.
Pero el entusiasmo no debe hacernos perder de vista que la democracia no se restablece con la caída de un dictador. El verdadero punto de llegada debe ser el restablecimiento de elecciones libres; la liberación de presos políticos; el retorno seguro de exiliados; y la reconstrucción de un Estado de derecho que no dependa de caudillos ni de tutelas militares. El reto venezolano, de aquí en adelante, será que la transición no se convierta en un simple reacomodo de élites, sino en la apertura genuina de un nuevo pacto social.
En medio de las celebraciones, queda estar a la expectativa de lo que pasará en los próximos días, pues por un lado el mandatario estadounidense ha indicado que su país se hará cargo de Venezuela de manera temporal, mientras que de otro, aún permanece en Caracas toda la cúpula chavista que dudamos que se retire con facilidad.




