Era el verano lastimero de 2018, cuando Trujillo intentaba resanarse de la resaca de los huaicos de marzo del año anterior producto de El Niño costero. El sol implacable revestía de sudor a los ciudadanos de esta ciudad colonial a la que parecía haberle caído las siete plagas de un porrazo, sin bendiciones, que urgía de un aire redentor que calme el malhumor de sus habitantes.
La anunciada llegada del papa Francisco era, desde la visita de Juan Pablo II, en febrero de 1985, ese viento que necesitaban estas almas pesarosas que ya cargaban la pesada cruz de la inseguridad ciudadana. Para el mundo católico de esta parte del país, la misa que ofrecería su líder espiritual en la explanada del balneario del distrito de Huanchaco era una oportunidad única e insuperable, un acontecimiento que ningún creyente podría rechazar ni ningunear, a excepción de alguien que, casi en el anonimato, aceptó ceder, gratuitamente, un generoso espacio de su inmensa propiedad para el estacionamiento del papamóvil.
Cerca de las ocho horas de la mañana del 20 de enero, con ropa ligera, alertado del sol inclemente, el argentino Jorge Mario Bergoglio, de 81 años, achinaba los ojos para observar, sin vidrio que se oponga, el aeropuerto internacional Carlos Martínez de Pinillos. Abajo, cuatro autoridades locales dilataban sus pupilas para encontrarse con la mirada inquieta del papa 266. Eran el gobernador regional de La Libertad, Luis Valdez; el alcalde provincial de Trujillo, Elidio Espinoza; y los burgomaestres distritales de Víctor Larco y Huanchaco, Carlos Vásquez y José Ruiz, respectivamente. Este último había sido el encargado de que el recorrido sea confortable para su santidad, su acompañamiento y su aparato logístico, que incluía el famoso papamóvil, así como los fieles acólitos. Su problema surgió cuando el abogado de profesión, centímetro en mano, una vez medidos los espacios para la misa, el estrado, los asistentes y la pista del recorrido papal, se dio cuenta que faltaba espacio. Se trataba de la extensa zona baja de Las Lomas, el principal ingreso al distrito, un lugar lotizado, pero poco habitado, donde los terrenos vacíos de gentes tienen vista al mar y los vecinos con casa, a los terrenos como paisaje.
- Queremos un millón de personas en la misa- ordenó monseñor Miguel Cabrejos al equipo conformado por los sacerdotes Marco Rivera y Wilmer Infantes, los encargados de orquestar los acordes ofrecidos al Vaticano. Ambos religiosos, en una reacción natural, respondieron en coro que era imposible. Sabían que Defensa Civil, wincha al piso, había determinado que, asardinadas, máximo podrían estar cuatro personas de pie en un metro cuadrado. Echando pluma a la libreta, rogando que los asistentes sean tallas médium, 500 000 mil almas escucharían las palabras del papa Francisco. La mirada pétrea de monseñor hizo que, milagrosamente, el espacio se ensanchara por obra del santísimo, para su sosiego. Los subordinados de la orden solo atinaron a mirarse y bambolear la cabeza en señal afirmativa. Sí, excelentísimo.
Manos a la obra, tanto Rivera como Infantes acordaron con los representantes de la municipalidad de Huanchaco simular el ambiente de una iglesia a campo abierto, con un estrado de dimensiones oficiales para la palabra del papa y sillas plásticas blancas para las autoridades nacionales, regionales y locales. De lo primero se encargaría el personal del Vaticano y para lo segundo, monseñor Cabrejos dispondría quiénes iban en primera y segunda fila, así como del restante de asientos para personas con menos relevancia política y social. Con un menor poder de decisión, Huanchaco tendría también la disponibilidad de un puñado menor de entradas VIP para los privilegiados que escucharían la misa bien sentados.
El alcalde José Ruiz era el dueño de casa, responsable de los permisos ediles que emitiría Huanchaco para la modificación de la explanada con olor a mar ubicada a unos cuantos metros de los postes que guían el aterrizaje de los aviones al aeropuerto: afirmado de tierra, pista provisional, baños portátiles, entre otros detalles anotados en el plan de despliegue. El dinero salía de las arcas públicas que controlaba el gobierno de Pedro Pablo Kuczynski y las licencias del despacho municipal. Francis Vigo era la funcionaria encargada de ayudar a cumplir con una serie de comodidades para los nobles visitantes, que incluía las áreas para un minidepartamento papal y el estacionamiento del vehículo blindado, que cobija al papa entre cristales a prueba de fusiles de asalto.
En la vista, la ejecutiva de Huanchaco, quien hacía un check list de todas las gestiones, previa coordinación con el alcalde, fue quien vio los terrenos para el aparcamiento de la comitiva papal. Era difícil contactarse con el propietario de esa tierra eriaza, que solo contaba con una caseta añeja sin vigilante ni buzón, menos con alguna dirección de su dueño, como si fuera una chacra estéril sin plantas ni animales. Al ver los documentos catastrales, obtenidos de la propia oficina municipal, Vigo supo que quien estaba registrado como posesionario era Manuel Segundo Sánchez Paredes, quien en esa época ya llevaba cargando diez años de investigación policial, dos de acusación fiscal y uno de juicio por el presunto delito de lavado de activos agravado producto del narcotráfico. El pecado se consumaba con el pedido de la Primera Fiscalía Superior de Lavado de Activos, que exigió 28 años de prisión y 100 millones de soles de pago como reparación civil a favor del Estado. Y claro, sin tener una bola de cristal, nadie habría pronosticado que, un 6 de noviembre de 2023, la Tercera Sala Penal Superior Nacional Liquidadora Transitoria lo absolvería junto a sus hermanos Orlando y Wilmer, así como a su hijo Fidel Sánchez Alayo y a Jesús Belisario Esteves. Y menos que, dos años después, la Corte Suprema trapeara con dicha sentencia por no valorar correctamente las pruebas en su contra y ordenara un nuevo juicio. El rosario completo.
Con rezo previo a que la gestión del permiso municipal camine por la oscuridad del acto privado, se la jugaron. No había marcha atrás, por lo que buscaron un intermediario con don Manuel, como le llaman sus sirvientes, para proseguir con la misión de buscar un espacio para el vehículo de su santidad y sus seguidores.
El intermediario, quien bordeaba los 50 años, conocido de la funcionaria municipal, fue el puente con el dueño del terreno y clave para que el pedido fluya sin contratiempos. Entonces, como no todo es palabra y el papelito manda, para que todo quede oficializado, este vocero aplicó la estrategia S.A.A.: solicitud del alcalde José Ruiz Vega dirigiéndose a Manuel Sánchez Paredes, autorización del dueño del terreno para que utilicen su predio por, aproximadamente, una semana y agradecimiento final de parte de la autoridad edil por el servicio ad honorem. Con firma y sello, respaldada por el notario limeño Oscar Leyton Zárate, todo quedó consumado en documentos. En señal de reciprocidad, Ruiz entregó cinco entradas brazaletes para que el dueño del terreno y cuatro personas más escuchen, junto al resto de invitados especiales, la misa del papa Francisco. El intermediario le enseñó dicho gesto a su amigo don Manuel, quien, finalmente, terminó por rechazar la oferta. “Anda tú nomás. Eso no es para mí”, respondió tajante.
El titiriteo de las manos para el redoble de las tarolas fue secundado por el soplido que da vida a las trompetas, encantadores sonidos de Así baila mi trujillana que fueron directos a los oídos del papa Francisco y propiciaron la curvatura feliz de sus labios. Valdez, Espinoza, Vásquez y Ruiz, de terno oscuro, además de monseñor Cabrejos, recibieron al sumo pontífice y acompañaron algunos metros a la autoridad eclesiástica, quien tras su breve paso por la alfombra roja bordeada de bellas danzantes de marinera, de traje y pañuelo blanco en mano en señal de saludo, subió al papamóvil e inició el recorrido hacia la explanada preparada para la santa misa. Allí lo esperaban el presidente Pedro Pablo Kuczynski, quien estuvo en compañía de la primera dama Nancy Lange. A parte de los ministros de Estado, llamaba la atención la presencia de César Acuña Peralta y familia en primera fila, incluso delante de los congresistas, relegados por la repartición de las entradas a cargo del arzobispado trujillano.
Por la visita de un líder mundial, el gobierno dispuso que 4600 policías brindaran seguridad en toda la travesía del papa, que incluía, a parte de la misa, el recorrido desde Huanchaco hasta el colindante balneario de Buenos Aires, en el distrito de Víctor Larco, una de las zonas más golpeadas por El Niño costero, y el traslado hasta la plaza principal de Trujillo, donde se encuentra el arzobispado, lo que conllevó un paseo de cerca de dos horas y media. El respaldo lo completaban 1400 agentes de la Fuerza Aérea del Perú, 200 bomberos, 8000 voluntarios de la guardia papal y 11700 voluntarios de la brigada escolar, además de 69 personas de la Cruz Roja y 21 integrantes del Instituto Nacional de Defensa Civil (Indeci) por si se produjera alguna tragedia. Incluso, con esta fuerte cantidad de resguardo no se pudo cumplir el sueño de monseñor Cabrejos, quien, a cambio del millón de asistentes o el mar de gentes, sin saberlo, se resignó a presenciar un poco más de 300 000 almas para ver a Francisco.
La luz del papa se apagó por la tarde, luego de que un vehículo diplomático lo condujera al aeropuerto de regreso a Lima. Mientras tanto, en Las Lomas, en la propiedad del único hombre que rechazó la propuesta de escuchar la misa del papa Francisco, la luz siguió iluminando: tuvo un consumo alto de cerca de 7000 soles, luego de que no solo la comitiva papal colocara sus unidades vehiculares, sino, también, las camionetas de los canales de televisión, nacionales e internacionales, cuyos técnicos anexaron sus cables de energía al predio para transmitir la misa aquella mañana sabatina.





