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La obesidad y la depresión mantienen una relación de doble vía que puede afectar tanto la salud física como el bienestar emocional. Diversos estudios científicos han identificado que las personas con obesidad presentan una mayor probabilidad de desarrollar depresión, mientras que quienes padecen depresión también pueden tener un riesgo elevado de desarrollar obesidad.
En el marco del Día Mundial de la Salud Mental, conmemorado cada 10 de octubre, especialistas destacan la importancia de abordar ambas condiciones de manera integral, considerando factores metabólicos, psicológicos y sociales.
Un metaanálisis de estudios longitudinales publicado en 2010 en la revista Archives of General Psychiatry encontró que las personas con obesidad presentaban un 55 % más de probabilidades relativas de desarrollar depresión durante el seguimiento. A su vez, quienes tenían depresión registraron un incremento del 58 % en las probabilidades relativas de desarrollar obesidad.
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¿Por qué la obesidad y la depresión están relacionadas?
La relación entre ambas enfermedades no depende únicamente del peso corporal ni de los hábitos individuales. Investigaciones científicas han analizado el papel de los procesos metabólicos, la inflamación y otros factores que podrían influir en el estado emocional.
Núria Pujol, psicóloga clínica del Hospital Clínic de Barcelona, señala que las alteraciones metabólicas pueden desempeñar un papel relevante en esta asociación.
“Parece que el factor clave en este vínculo no es tanto el Índice de Masa Corporal, sino la alteración metabólica”, sostiene la especialista.
Entre los mecanismos estudiados se encuentran la inflamación crónica de bajo grado, el estrés sostenido y las alteraciones en la regulación del cortisol, hormona que participa en la respuesta del organismo frente a situaciones de tensión.
No obstante, la relación entre obesidad y depresión es compleja. Los estudios genéticos han aportado evidencia compatible con un efecto causal de la obesidad sobre la depresión, aunque los mecanismos precisos y la contribución de cada factor continúan bajo investigación.
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Estrés, estigma y discriminación por peso afectan el bienestar emocional
Los prejuicios asociados al peso corporal también pueden afectar la salud mental. Las experiencias de discriminación, los comentarios negativos sobre la apariencia física y la presión social pueden generar vergüenza, frustración, aislamiento y dificultades para buscar atención médica.
El estigma puede influir en la relación de las personas con los servicios de salud, especialmente cuando el tratamiento se concentra exclusivamente en bajar de peso sin considerar las experiencias emocionales.
En el Perú, un estudio antropológico impulsado por Adium Perú identificó ocho perfiles de experiencias relacionadas con el sobrepeso y la obesidad. Entre ellos figuran los denominados “Culpados silenciosos” y “Frustrados”.
El primer grupo incluye a personas que experimentan vergüenza o arrepentimiento y pueden interpretar su peso como una falta de control personal. El segundo comprende a quienes han atravesado repetidos intentos de pérdida de peso y manifiestan temor a nuevos resultados desfavorables.
Estos hallazgos, según la información difundida sobre el estudio, refuerzan la importancia de comprender las diferentes experiencias individuales al momento de diseñar estrategias de atención.
Obesidad también puede coexistir con ansiedad y trastornos alimentarios
La obesidad puede presentarse junto con depresión, ansiedad o trastornos de la conducta alimentaria. Estas condiciones requieren evaluación clínica, debido a que pueden influir en los hábitos alimentarios y el bienestar de las personas.
Según Pujol, aproximadamente uno de cada tres pacientes con obesidad que busca tratamiento podría presentar algún trastorno alimentario. La cifra corresponde a la estimación citada por la especialista y no debe interpretarse como una prevalencia general en toda la población con obesidad.
Entre los problemas que pueden coexistir se encuentra el trastorno por atracón, caracterizado por episodios recurrentes de consumo de grandes cantidades de alimentos acompañados de una sensación de pérdida de control.
También se describe el denominado “ruido alimentario”, expresión utilizada para referirse a pensamientos frecuentes y persistentes sobre la comida que pueden interferir con las actividades cotidianas.
Los especialistas señalan que estas experiencias no deben atribuirse automáticamente a una falta de voluntad, pues pueden intervenir mecanismos de recompensa cerebral, regulación emocional y factores del entorno.
Tratamiento de la obesidad requiere apoyo médico y psicológico
La atención de la obesidad no debería limitarse a recomendaciones sobre alimentación y actividad física. Al tratarse de una enfermedad crónica y multifactorial, su abordaje puede requerir la participación coordinada de profesionales de distintas especialidades.
“La obesidad es una enfermedad sistémica crónica que requiere equipos multidisciplinarios donde psicólogos, nutricionistas y médicos trabajen en conjunto”, sostiene Pujol.
De acuerdo con la especialista, el tratamiento también debe considerar los pensamientos, emociones y comportamientos que afectan la calidad de vida de cada paciente, además de los indicadores físicos y metabólicos.
Pujol advierte que algunas alteraciones alimentarias, como la anorexia nerviosa atípica, pueden pasar inadvertidas cuando una persona no presenta bajo peso. Por ello, recomienda evaluar antecedentes de restricciones alimentarias, pérdida rápida de peso y otras conductas que puedan comprometer la salud.
La identificación oportuna de síntomas de depresión, ansiedad o trastornos alimentarios permite orientar a los pacientes hacia una atención adecuada y evitar intervenciones que puedan agravar su situación.
En ese contexto, la conmemoración del Día Mundial de la Salud Mental constituye una oportunidad para promover una atención de la obesidad que incluya tanto la salud física como el bienestar psicológico, sin discriminación ni estigmas asociados al peso corporal.
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