Imagen: Netflix
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No podía haber otro final. El camino de BoJack debía terminar así: escapando de lo predecible, lejos de la redención, con el abismo de lo humano encima. Era el cierre que no solo necesitaba el personaje, sino también la historia: un “Hollywoo” autodestructivo, narcisista, pero donde la gente todavía puede encontrar a alguien con quien conversar mirando las estrellas. Eso queda, siempre, a pesar de los infiernos personales y colectivos.

“Bojack Horseman” pudo haber sido una producción más que se burlaba de los famosos -con sus excesos, su miseria y ridiculeces-, pero tomó otro camino, con esa dimensión que las series animadas tal vez nunca debieron perder: mostrar lo complejo y absurdo que es un ser humano. Y la propuesta de animales y personas viviendo juntos fue el formato perfecto para contar esta historia. Ahí donde parece una burda caricatura, graciosa, hay algo más que se esconde y luego se revela, con toda su oscuridad, sobre todo en la última temporada.

Adiós. Princess Carolyn, Diane, Mr. Peanutbutter y Todd también tienen su transformación personal, necesaria, a pesar de que los dos últimos capítulos son ese juego que nos tiene acostumbrado la serie: contraer la tristeza, dar pequeñas esperanzas para destrozarte y, a la vez, hacerte comprender que no había otro camino.

Sin caer en los “spoiler”, algo tan odiado en la actualidad, aunque las buenas historias siempre soportan esto, los últimos episodios de la serie son los más introspectivos, con un BoJack dando la cara a sus demonios y a los fantasmas del pasado.

Y, en esa oportunidad maravillosa que da la ficción, el caballo odiado y amado -tal vez porque se parece mucho a nosotros-, consigue dar el mensaje que nunca escucharemos pero que entendemos a la perfección.