Cuando Maria Grazia Gamarra pisa el escenario, no solo lleva consigo su talento y carisma, sino también la valentía de explorar territorios desconocidos. Su más reciente desafío, ‘Cyrano De Bergerac’, la enfrenta a un clásico atemporal de la dramaturgia francesa, donde cada palabra, cada gesto y cada silencio deben resonar con el público en tiempo real.

En diálogo con Diario Correo, nos comparte los retos y aprendizajes de interpretar un clásico y reflexiona sobre la magia de conectar con emociones universales a través de un texto que, pese al paso del tiempo, sigue tocando corazones.

Tu personaje forma parte de una historia muy intensa sobre el amor, la apariencia y la verdad. ¿Cómo has construido emocionalmente este rol para llevarlo al escenario?

Roxana es un personaje complejo que atraviesa distintos momentos de su vida a lo largo de la obra. La historia comienza con ella muy joven, casi en la adolescencia: enamorada, ingenua y hasta cierto punto caprichosa, viviendo el amor como lo más importante de su mundo. Luego atraviesa la guerra, el dolor, la muerte y, sobre todo, el duelo.

Conocer la vida de Roxana dentro de la obra también me ha ayudado a conocerme a mí misma como persona. Es un personaje que necesita entenderse desde su arco dramático para poder representarlo con justicia. No hay que dejarse llevar por la primera impresión, sino comprender que es un personaje que evoluciona profundamente y que, al final, representa a una mujer fuerte, valiente y, sobre todo, fiel al amor.

Las obras clásicas suelen tener personajes muy complejos. ¿Cuál dirías que es la mayor contradicción o conflicto interno de tu personaje?

Roxana es un personaje que adoro interpretar y que disfruto cada noche en el escenario. Es profundamente complejo. Al inicio de la obra, Roxana se enamora de la belleza de Cristian, algo muy propio de su juventud. Sin embargo, a lo largo de la historia descubre que el amor que realmente la conmueve es otro, uno mucho más ligado a lo intelectual, a las palabras y a la profundidad emocional.

Ese tránsito entre el amor físico y el amor espiritual es uno de los grandes conflictos del personaje. Es un proceso que, además, me interpela mucho como actriz y como persona, porque todos hemos amado de una forma en la juventud y descubrimos otras formas de amar con el paso del tiempo. Por eso creo que Roxana es un personaje riquísimo, con una delicadeza y una profundidad que hacen muy especial interpretarla.

En el teatro, a diferencia del cine o la televisión, el contacto con el público es inmediato. ¿Qué sensaciones te genera interpretar esta historia frente a espectadores en vivo?

Para mí, el teatro es una de las artes más complejas porque los actores vivimos la experiencia en tiempo real, frente al público. La adrenalina que se genera es enorme. Es una sensación maravillosa, pero al mismo tiempo muy desafiante.

Cada noche enfrentarse al público es una experiencia que puede ser tan hermosa como aterradora. A veces bromeamos con mis compañeros y nos preguntamos por qué hacemos algo que nos genera tanto nervio. Y la respuesta siempre es la misma: porque amamos el teatro. Amamos esa sensación de estar vivos en escena.

Además, trabajar con un texto tan exigente y bello como el de Edmond Rostand es un reto enorme. Es una obra de gran belleza intelectual, lírica y poética. Cada función es un desafío, pero lo más hermoso es ver cómo el público lo disfruta.

En esta puesta en escena, ¿hay alguna escena que te resulte especialmente desafiante o emocionalmente intensa?

Disfruto mucho el último acto de la obra. Es un acto muy contenido emocionalmente, donde cargo con todo lo que ha ocurrido en los cuatro actos anteriores y con toda la evolución de Roxana. Me permite cerrar el personaje con mucha belleza.

Pero también hay escenas muy exigentes, como en el tercer acto, donde tengo que actuar subida a una cama a cinco metros del piso. Eso es complicado, no tanto desde lo técnico, sino desde lo humano. Estoy allí tratando de dar lo mejor de mí mientras enfrento mis propios miedos, como el vértigo o las alturas.

Sin embargo, ver el resultado escénico hace que todo valga la pena. Cada cuadro de la obra tiene una gran belleza visual. Además, hemos tenido la suerte de trabajar bajo una dirección muy exigente, que constantemente nos reta como actores. Eso ha permitido construir una puesta en escena muy ambiciosa y desafiante en todos los sentidos.

La historia de Cyrano habla mucho sobre la inseguridad, la belleza y el amor idealizado. ¿Qué reflexión crees que deja esta obra al público de hoy?

Es muy interesante observar a un personaje como Cyrano, que posee tantas virtudes, tanta belleza en su alma y en sus palabras, y que, sin embargo, vive profundamente conflictuado por su enorme nariz. Algo aparentemente pequeño termina marcando su vida, sus sueños y su esperanza.

Creo que ese es un tema muy vigente hoy. Vivimos en una época donde, sobre todo en redes sociales, estamos constantemente confrontados con estándares de belleza muy rígidos. Muchas veces esos modelos solo generan inseguridad o tristeza, cuando en realidad son una construcción superficial.

La obra nos recuerda que lo verdaderamente importante es el alma. Y hacia el final vemos a un Cyrano digno, que afirma que lo único que jamás pudieron manchar fue su dignidad. Ese mensaje sigue siendo profundamente poderoso hoy.

¿Hubo algún momento durante los ensayos en el que descubriste algo nuevo sobre tu personaje que no habías visto en la primera lectura?

En realidad, cada día descubro algo nuevo sobre mi personaje y también sobre los demás personajes de la obra. A veces me quedo fascinada en backstage antes de entrar a escena, escuchando los textos de mis compañeros.

Cada función es distinta. Cada noche entro a escena con una percepción diferente de lo que ocurre en la obra y eso también transforma mi forma de interpretar a Roxana. El teatro es un arte vivo y por eso siempre está en constante descubrimiento.

Muchas veces los clásicos se sienten lejanos para las nuevas generaciones. ¿Qué crees que tiene esta puesta en escena para acercar la obra a un público joven?

Yo no creo que los clásicos sean lejanos. Creo que vivimos en una sociedad que, muchas veces, se ha alejado de los clásicos, de la belleza y del pensamiento crítico.

Lo valioso de volver a un clásico es que nos conecta con momentos de la humanidad en los que existía un profundo interés por reflexionar, por soñar y por pensar el mundo. Esta puesta en escena, al menos para mí, me recuerda cada día la belleza del lenguaje, de las palabras y del tiempo compartido en el teatro.