“Ellas protegen nuestro hogar”, es lo que todas las familias asistentes al Tullupampay afirman con seguridad al ser consultadas por los cráneos que llevan a bendecir en la misa realizada cada 3 de noviembre en el cementerio nuevo del distrito de Chongos Bajo, en Chupaca.
Debido a la difícil situación que atraviesa actualmente el distrito, la afluencia fue menor a la de años anteriores. Sin embargo, ello no impidió que se mantuviera esta tradición que, según los propios pobladores, viene heredándose desde sus ancestros.

Desde muy temprano, uno de los caminos principales del cementerio fue acondicionado para recibir a los pobladores que llegaban con sus calaveritas, así como a los curiosos que se acercaban para acompañar esta actividad. “Cada familia tiene una calaverita a quien llaman cariñosamente ‘Avelino’, y lo consideran como el protector de cada familia y cada hogar. Cada año los traen para que pueda ser bendecido, para rendirle oración, plegaria y también un poco de honor a aquellos familiares que ya partieron del plano terrenal”, contó el diácono Eder Carhuancho, de la parroquia Santiago León de Chongos Bajo.
Según los mismos asistentes, existen dos formas en las que ellos lograron conseguir estos cráneos a quienes ahora los consideran como parte de la familia. Una de ellas es que el cráneo es de alguno de sus familiares fallecidos y la otra es que lo encontraron en algún lugar y lo llevaron a casa para que los proteja.
“Ellos son Teodoro y Agripina, son los papás de mi esposo, los tenemos desde el año 1991. Ellos cuidan la casa, cuando no estamos ellos hacen bulla. Siempre le ponemos sus ofrendas para que estén felices”, dijo una de las asistentes que llegó desde Huancayo para bendecir sus calaveras.

En todo momento se pudo observar el respeto con el que los pobladores trataban a los restos óseos. Les colocaban mantas para evitar que estuvieran directamente sobre el piso y las adornaban con chullos. Además, acompañaban sus pequeñas mesas con ofrendas como tanta wawas, dulces, frutas, hojas de coca, cigarros y monedas.
Uno de los casos más resaltantes fue el de Rocío Balvín, quien contó que heredó la calavera que perteneció a su hermana fallecida. “Hace tres años falleció mi hermana y ella siempre me decía que cuide su calaverita. Me contó que en sus sueños se le presentó y le dijo que se llamaba Esperanza y que en vida fue enfermera. Ella cuida nuestra casa, los animales y todo lo que tenemos, por eso siempre le ponemos sus gustos como ofrenda y le hacemos su misa”, relató.
Como parte de la celebración litúrgica, también se presentaron intenciones y peticiones por los familiares fallecidos de los asistentes y por quienes perdieron la vida en los últimos sismos que remecieron el distrito.

“Yo, que he estado en varios lugares del Perú, la verdad es que no he encontrado una tradición tan bonita, tan fuerte y poderosa. Esto es curioso, porque cuando un pueblo tiene una tradición tan marcada significa que en la antigüedad fue un pueblo muy importante”, señaló el diácono.
Pese a la devastadora situación que atraviesa el distrito luego de los sismos de julio y agosto, la población mantiene viva su fe y esperanza. Aunque todavía se observan en las calles los estragos de los movimientos telúricos, los pobladores buscan fuerzas para continuar con sus actividades y tradiciones.
“Seguimos sufriendo. El sismo me ha dejado como loca, porque siento que a cada rato se sigue moviendo la tierra y que todo se va a caer. Mi calaverita estaba guardadita en la casa de mi hija y no le pasó nada. Quedamos en la ruina prácticamente”, lamentó Dolores Baldeón (89), una de las pobladoras más antiguas del distrito.
Al finalizar la misa, se realizó la bendición de los asistentes y los cráneos. Luego, la ceremonia culminó con el entierro simbólico de restos óseos que habían sido encontrados.
Los pobladores recogieron a sus guardianas, las envolvieron en sus mantas o las colocaron en las pequeñas capillas que habían acondicionado especialmente para ellas, donde las guardarán hasta el siguiente año.





