A 30 minutos de Moyobamba y a solo 15 de Rioja, en la región San Martín, sobrevive uno de los últimos bosques de aguajales y renacales del Alto Mayo. No se mantiene por casualidad. Lo que hoy se ve en Santa Elena existe porque un grupo de pobladores decidió defenderlo cuando ya estaba desapareciendo.

Hace más de 40 años, estos humedales superaban las 40 mil hectáreas, pero hoy quedan apenas unas 5 mil. El resto fue transformado en campos de cultivo, principalmente arroz. “¿Qué se ha hecho el resto? Se ha convertido en zona agrícola”, explica Efraín Auner Castillo Uriarte, uno de los principales impulsores del proyecto y actual referente de la asociación.
La historia comienza en 1976, con la llegada de la familia Uriarte desde Cajamarca en busca de nuevas tierras. Con el paso de los años se abrieron caminos, creció la actividad agrícola y el bosque empezó a retroceder. Para el año 2002, gran parte del aguajal ya estaba ocupado y en riesgo de desaparecer.

Ese mismo año surge una idea que cambiaría el destino del lugar. El empresario Hugo Vela Díaz recorre el río Romero y propone algo distinto: conservar. Un año después, en 2003, se crea la Asociación para la Conservación del Aguajal y Renacal del Río Romero (ACARR), con Esteban Uriarte Campos como primer presidente. Sin embargo, el proceso fue duro. Entre 2002 y 2010, los socios trabajaron sin recibir pago, limpiando el río para hacerlo navegable y defendiendo el bosque. “Cuando recién se crea una asociación, todo es esfuerzo. Aquí hemos luchado bastante y muchos se fueron, nos quedamos pocos”, recuerda Esteban Uriarte.

Sobrevive
El proyecto estuvo a punto de desaparecer. En uno de los momentos más difíciles, quedó solo un socio activo: Efraín Auner Castillo Uriarte, quien decidió convocar nuevamente a la población y reorganizar el trabajo comunal para no perder lo poco que quedaba.
Hoy ese esfuerzo tiene resultados. Santa Elena conserva más de 2 mil hectáreas de bosque dentro de una zona reconocida como área de recuperación de ecosistemas, y en 2018 logró una concesión para la conservación por 40 años. Pero más allá de los documentos, lo que realmente evidencia el cambio es la vida que ha regresado al lugar.

“Antes los animales eran perseguidos. A los monos, a las aves, todo lo cazaban”, cuenta Auner. “Ahora ya no, hoy los ves casi todos los días”.
En este bosque se han registrado más de seis especies de monos, más de 20 mamíferos y más de 300 especies de aves. El ecosistema se ha recuperado y hoy es uno de los pocos humedales de este tipo que siguen en pie en la región.

La travesía
El recorrido empieza en tierra, entre casas construidas con materiales de la zona y espacios donde los propios pobladores reciben a los visitantes, pero pronto cambia. Desde el embarcadero, el ingreso es por el río Romero, en pequeñas canoas que avanzan entre raíces, agua y vegetación cerrada. Aquí no hay caminos tradicionales. El bosque se recorre navegando.
A medida que la canoa se interna, aparecen los aguajes y los renacos, árboles que crecen sobre raíces elevadas y que, con el tiempo, parecen desplazarse. Son los llamados “árboles que caminan”, una de las particularidades más conocidas de este lugar. El paisaje cambia a cada tramo, los sonidos se intensifican y la sensación es distinta a cualquier otro recorrido en la selva.

“El 70% de lo que se genera vuelve al bosque”, explica Efraín Auner Castillo Uriarte, lo que permite mantener senderos, embarcaderos y vigilancia con recursos propios.
Hoy, el lugar recibe visitantes durante todo el año. El clima es cálido, el acceso es sencillo y el recorrido está organizado en rutas que permiten conocer el bosque sin dañarlo. Pero más allá del paisaje, lo que realmente se visita es una historia: la de un bosque que estuvo a punto de desaparecer y una comunidad que decidió no dejarlo morir.
Este reportaje forma parte de un documental grabado en Santa Elena, donde se muestra el recorrido completo por el bosque y la historia de la comunidad que lo conserva, disponible en el canal de YouTube Musuq Pacha.




