Carlos Santa María es un infatigable cultor de las letras. Desde hace algún tiempo, a través de su editorial Nectandra, está comprometido con la difusión de autores regionales. “Valoración” es uno de sus ambiciosos proyectos. En esta entrevista nos habla de su más reciente contribución: la reedición de “Rebuzno propio”, del poeta Leoncio Bueno.
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Carlos, ¿en qué consiste el proyecto “Valoración”?
Como su nombre lo indica, este es un proyecto que busca poner en valor a las principales voces de nuestra región, a partir de la reedición de sus libros. Nuestro mayor sueño es salvarlos del olvido.
¿Quién es Leoncio Bueno y por qué reeditar su poemario “Rebuzno propio”?
En mi opinión, Leoncio Bueno es el poeta vivo más importante que tiene el Perú, además del más longevo (acaba de cumplir 103 años). Sumémosle a esto que su vida es ya de por sí una novela: jamás pisó un colegio, se enroló en el Ejército a los 18, participó en la construcción del Hospital Obrero, pasó casi 40 años en prisión por sus ideas políticas, fue actor ocasional de cine, taxista lechucero y reparador de motores en el Túngar, el mítico taller mecánico donde se reunían las voces más importantes de su generación a improvisar tertulias y recitales. Combinando todo esto, obtenemos como resultado a un personaje singularísimo, un rara avis del arte cuyo talento poderoso nos obliga a replantear la pregunta y decirnos: ¿por qué reeditar únicamente “Rebuzno propio”?
Este poemario se publicó por primera vez el año 1976. Luego de casi medio siglo, ¿consideras que mantiene su potencia primigenia?
Por supuesto. Lo que pasa de moda son las ropas, no los cuerpos; las argucias lexicales, la verborrea ilustrada, el truco disfrazado de magia... El escritor imperito, como decía Borges, suele ser barroco por timidez. Muchas veces se queda sin palabras, realmente no tiene qué decir y llena su discurso de follaje para disimular que esconde poco fruto. Este no es el caso de Bueno, ni por asomo.
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Don Ricardo González Vigil dice que “la poesía de Bueno rompe el sonido armonioso existente” y que “asume un lenguaje”. ¿Se refiere al uso de un lenguaje irreverente, desenfadado, irónico y altamente simbólico?
Le voy a responder con un poema de Bueno: Con leña ajena / no hago fuego / ¡soy leñatero! Ahí está condensada su visión del arte. Leoncio no necesita pedir prestado un “estilo”; él mismo lo forja. Porque lejos de parecer la obra de un orfebre, el lenguaje de Bueno parece más bien forjado en un taller mecánico. Busca la solidez antes que el preciosismo. Quizá a primera vista no resulte tan llamativo, pero es macizo; está hecho para resistir el paso del tiempo.
A mí me perturbó, de manera especial, el poema “Canción”: “Papa bendita, baja ya de esas nubes / en donde te han situado los sucios mercaderes / ejerce tu poder, oh papa nuestra / y con tu sacra fécula/ haznos felices a todos” …
Y nos quedamos cortos con la selección, maestro; pero podemos, si me lo permite, sumarle algunos otros versos de “Valor y rabo tieso”, donde dice: El lomo desollarme y el cogote / arrancarme unas lonjas de pellejo, / y hacerme cinturones / para amarrarme bien los pantalones.
No sé si venga al caso, pero recuerdo que para Cortázar escribir era como subir a un ring de boxeo. En ese sentido, Bueno sabe boxear. No se desespera buscando el rostro de su adversario ataca primero al cuerpo, a los costados. Ablanda al rival. Lo que consigue es que, conforme avanza la pelea (la lectura), uno baje la guardia y entonces nos asesta el golpe definitivo. Solo cuando lo recibimos, tomamos conciencia de que esos primeros poemas que parecían inconexos, de temas disímiles y aparentemente desasociados, eran golpes al cuerpo, formaban parte de una estrategia…
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Lo extraordinario de “Rebuzno propio” es que es multitemático y, al mismo tiempo, un libro estructural…
Claro. Leoncio Bueno no elige un tema. O en todo caso, su tema es la vida, y en esa alforja todo cabe. La vida puede ser retratada de mil formas, en mil contextos, bajo mil perspectivas. Puede hablar de amor, de injusticia, de paternidad, de miseria, de sexo, de política, y siempre estará hablando de la vida que le toca (que es la de muchos).
En este libro, el sujeto lírico nos comparte sus avatares íntimos, pero también nos confronta con los desasosiegos de la supervivencia y con la hipocresía social…
Sí, pues, es que de eso se trata precisamente. Kundera decía que hablar de algo que no fuese uno mismo caía en el exceso de atribuciones. Pareciera limitante, pero no lo es. Al final, cada individuo es el resumen de su sociedad y de su época. Y cuando Bueno habla, habla todo un sector de la sociedad peruana que ha sido largamente desatendido.
También encontramos versos vitales, aleccionadores, preñados de ese optimismo cruel, como “En corral ajeno”, “Resuello largo” o “Poema para una nueva época” …
Para mí, todo Bueno es vital y optimista. No lo percibo resignado en ningún momento. Justo hace un par de días, conversando con los amigos David Novoa y Alberto Alarcón, llegamos a la conclusión que Bueno es un poeta “achorao”. Lo vuelvo a pensar ahora y creo que la calificación nos quedó justa. Y es que Bueno se empala, se achora ante la adversidad; le hace un hijo, como él mismo dice. De ahí que el sexo, que aparece de forma recurrente en sus poemas, sea exaltado más que nada en su sentido procreador. Bueno habla siempre de “sembrar”, de “garañones”, de “feraz potencia”; celebra la vida, la canta y la extiende.

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