Numerosas historias ponen acento en el rol de la mujer en la gastronomía. Protagonistas en áreas y oficios como motor y epicentro de todo tipo de emprendimientos y proyectos. El día de las madres es propicio para reconocer su lugar, función e influencia, que comienza como formadoras de paladar y hábitos, continúa como soporte emocional y financiero, hasta fuente de inspiración y motivación.
Pero este es un proceso que sucede en doble vía. Las madres dan pero también reciben. En muchos casos, descubren un potencial nato que hibernó hasta que un hecho extraordinario lo despertó, siempre impulsado por el amor y por el apoyo incondicional la familia, en especial, los hijos.
En casi dos décadas registrando historias del mundo de la gastronomía, no deja de impresionarme el rol de las madres en los emprendimientos familiares. Especialmente, cuando sucede algo inesperado que las empuja a descubrirse a sí mismas, a darle el lugar correcto a su potencial, su valor, sus talentos y habilidades. Tres ejemplos, de muchos otros casos que conozco, pero que resultan ilustrativos.
Las tres Carmen. La piurana Carmen Amelia López es madre del barista Harry Neira. Lo apoyó por años en el desarrollo de su negocio. Cuando llegó la pandemia, Harry estaba lejos de la tostadora de café ubicada en la casa familiar, entonces, surgió la idea de dar instrucciones por teléfono. La sorpresa surgió cuando Carmen requirió mínimas indicaciones porque había visto y participado tantas veces el proceso, que sabía todo lo necesario. Ahora está al frente del tostado de la conocida marca.
En el caso de Carmen Vila Durant, nacida en Ayacucho, una noche lo dejó todo atrás con sus hijas en brazos huyendo de un ataque terrorista. La vida la llevó hasta Pichari y junto a su familia, emprendieron la siembra de cacao donde cada miembro se ocupa de la producción de grano y de chocolate. Si bien había hecho chocolate de manera casera, desde 2017 está al frente del taller de la marca Juan Laura, logrando reconocimiento dentro y fuera de Perú.
La tercera historia, se refiere a Carmen Romero de Narváez, conocida como Luchi. Limeña, estudió contabilidad, pero esos avatares de la vida la llevaron hasta la repostería para engreír a sus hijos y como fuente extra de ingresos. Al poco tiempo, manipulando chocolate entendió que para obtener el que se adaptara a sus exigencias, tenía que hacerlo con sus propias manos. Desde entonces, se educó, practicó y hoy viaja por Perú buscando los mejores granos para su marca Ura Chocolate, un verdadero deleite.
Ninguna se planteó, antes de la maternidad, el oficio que tienen para ganarse la vida, ni siquiera pasó por su cabeza, pero el querer apoyar a sus hijos en retribución trajo luz sobre su propio potencial. Una lección sobre el amor como motor de la vida, que nos hace crecer, donde todos tenemos capacidad para brillar. Mujeres que nos aleccionan sobre superar cualquier contrariedad y en el camino descubrir su propia luz. El Perú está repleto de mujeres como estas para sentirnos orgullosos y agradecidos.

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