Camote por la lingüística

La evolución cultural del lenguaje, especialmente cuando no hay escritura, es difícil de observar arqueológicamente; un reemplazo más fácil de observar es la agricultura y la alimentación
Camote por la lingüística

Camote por la lingüística

30 de Septiembre del 2018 - 15:31 » Textos: Gonzalo Urbina (Mater Iniciativa)

Hace unas semanas tuvimos la suerte de recibir al Dr. Russell Grey, director del Instituto Max Planck para la Ciencia de la Historia Humana. Esta visita fue posible gracias a las oportunas gestiones del profesor Roberto Zariquiey de la PUCP, interesado especialmente en el estudio de la evolución lingüística de la Amazonía. Lo que esta rama de investigación está trabajando nos parece fascinante y especialmente relevante para entender cómo ocurre la diversidad agronómica y gastronómica. El Dr. Grey nos comentaba sobre un estudio genético reciente que confirmaba que el camote que se come en Nueva Zelanda desde hace miles de años es originario de América Latina. No es total sorpresa, considerando que en quechua camote se dice “kumar” y Maorí “kumara”.

La doctora Roullier y su equipo analizaron muestras contemporáneas de camote y las compararon con plantas recolectadas en el pasado (algunas recolectadas por el propio James Cook en 1769 y mantenidas en herbarios). Todo parece indicar que más de una variedad de camote fue introducida a las islas del Pacífico Sur en diversas ocasiones independientes, al menos desde hace 3 mil años. El camote no viajó solo en la balsa hasta Polinesia, llevó su nombre. Los de la balsa recordaron el nombre; quizás les pareció gracioso o querían impresionar a alguien con una palabra exótica, tal vez pensaron que era importante mantenerlo. O así como cuando nosotros aprendemos palabras de otros idiomas y las conservamos.

Patrones evolutivos de diversidad cultural

Algunas facultades humanas tienen poca variación en su mecanismo (el olfato o la vista, por ejemplo, funcionan básicamente igual para todos). En lingüística se entiende que el lenguaje es uniforme, variando en su manifestación física (como los ojos o la nariz), pero sobre la base de un sistema subyacente compartido. Si fuera cierto que existe una base común para todos los lenguajes, entonces ¿cuánta diversidad lingüística puede haber y a qué se debe?

¿Cómo se resuelve una pregunta así? Lo que hace el Dr. Grey se conoce como Filogenética Bayesiana y es tan difícil como suena. Básicamente, estima la probabilidad de que ciertos atributos estén presentes en una población dada su presencia anterior, pero lo hace simultáneamente para miles de lenguajes y a través de espacios temporales diferentes. Por ejemplo, estudió la relación entre el orden verbo-objeto y el orden de preposiciones en familias de lenguajes.

Lo que encontraron es la clásica resolución académica: hay correlaciones en el orden de las palabras, pero cada familia de lenguajes tiene su propia forma de asociarse, no hay un solo patrón u orden general. La diversidad lingüística no parece estar limitada por nada más que la capacidad humana de aprendizaje. O, en sus palabras, esa diversidad es producto de la evolución cultural canalizada por las posibilidades y limitaciones de cada punto de partida. Es importante resaltar que esta no es la última palabra y que otros investigadores mantienen opiniones diferentes.

Visto que la evolución cultural del lenguaje, especialmente cuando no hay escritura, es difícil de observar arqueológicamente; un reemplazo posible y más fácil de observar es la agricultura y la alimentación. De hecho, la observación de una aparente correlación entre diversidad lingüística y agronómica ha sido documentada hace mucho y es materia de investigación en la actualidad. Ahora nos preguntamos, ¿si los patrones de diversidad agronómica-lingüística de camotes en Polinesia son similares a los de Perú… es hora de visitar a Graham Thiele en el Centro Internacional de la Papa? 

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