Han pasado 25 años desde los atentados terroristas contra las Torres Gemelas, que dejaron 2.753 víctimas en Nueva York. Fue un día trágico, difícil de olvidar. Recuerdo las imágenes de los noticieros: tras el impacto del primer avión se pensó en un accidente; cuando el segundo golpeó la otra torre, la incertidumbre se convirtió en terror. Yo estaba en el colegio y parecía estar viendo una película. Costaba comprender que aquello estaba ocurriendo realmente.

En las labores de rescate murieron 343 bomberos y 23 policías. Nadie imaginaba que las torres terminarían desplomándose y, sin embargo, cientos de personas ingresaron para ayudar mientras miles intentaban escapar. Allí quedaron historias extraordinarias de heroísmo. Después conocimos los rostros de las víctimas, sus últimos minutos y las desgarradoras llamadas desde los aviones para despedirse de sus familias. Luego vino aquella inmensa nube de polvo que cubrió Manhattan. Tanto dolor concentrado en unas pocas horas. Esta semana, al ver nuevamente la silueta de las torres dibujada sobre Nueva York, esta vez por drones, era inevitable la nostalgia. El terrorismo había derribado un ícono de la capital del mundo, pero sus consecuencias fueron mucho más profundas: cambió para siempre la forma de viajar, llevó a Estados Unidos a la guerra en Afganistán y abrió, con Irak, una profunda crisis del orden internacional y del multilateralismo.

El 11 de septiembre de 2001 terminó una época. El mundo nunca volvió a ser el mismo. Nueva York, en cambio, se levantó. Veinticinco años después, quizá esa sea la imagen que merece permanecer: frente al terror, una ciudad herida que decidió seguir adelante y ocupar el sitial de la capital del mundo.