Se cumplió el primer mes del nuevo gobierno y, hasta ahora, ha sido el clima el que ha marcado la agenda: las inundaciones en Lima, los preparativos ante el fenómeno de El Niño en el norte y los deslizamientos provocados por la DANA en Atico. Vimos a Keiko Fujimori dirigiendo obras de descolmatación en Piura, con botas, visitando a los vecinos de Villa María del Triunfo y, con casco, en Caravelí, supervisando la recuperación del tránsito en la Panamericana Sur.En todos estos frentes hubo avances. Sin embargo, la presidenta todavía no logra imponer una agenda pública propia. Y eso preocupa, especialmente cuando debería aprovechar la luna de miel de sus primeras semanas.
Apenas ayer, el gabinete dio luz verde al pedido de facultades legislativas al Congreso, mientras los titulares se concentraban en otros asuntos: Fujimori tuvo que explicar su vínculo con Damián Valenzuela Mayer y Juntos por el Perú impulsó una interpelación contra los ministros César Astudillo y Rafael Belaúnde Llosa.
Hay señales positivas. La presidenta recibió a la comisión del Foro del Acuerdo Nacional y a los embajadores europeos. Tampoco le tembló la mano para corregir públicamente a Elmer Cuba por sus desafortunadas declaraciones sobre las inundaciones de Lima ni para enmendarle la plana a Rafael Rey sobre los trenes de Porky.
Pero gobernar no consiste únicamente en reaccionar, corregir ministros o administrar emergencias. Gobernar es fijar el rumbo. Fujimori necesita decir con claridad hacia dónde quiere llevar al Perú, convertir esa visión en prioridades y obligar a todo el Ejecutivo a remar en la misma dirección. Si no lo hace pronto, el gobierno comenzará a transmitir una peligrosa sensación de piloto automático. Ya vimos con Dina Boluarte cómo es un gobierno así. También sabemos cómo termina.




