Ya que nuestro país vive en constantes contiendas electorales, no entiendo por qué no podemos digitalizar las elecciones, al menos, en las zonas donde el internet corra con naturalidad. Sería un calmante para los candidatos, electores, miembros de mesa, personeros y observadores internacionales. Y si a eso le agregamos el voto voluntario, tendríamos unos comicios más sanos y representativos. No sería algo irreal pedir que se instalen cabinas de votación digital en los centros de sufragio y emitir un voto rápido y limpio. Ahora que el DNI azul es cosa del pasado, el Reniec debería agilizar el trámite del nuevo documento con chip encriptado, con el mismo que se registran nuestros datos con clave personal. Y si fuera mucho pedir, un aplicativo con contacto visual que permita corroborar la identidad del elector. Asimismo, mucha gente acude a votar como si asistiera a un entierro. Uno de los motivos es que algunos peruanos han tirado la toalla con respecto a su futuro: erróneamente, creen que las decisiones políticas no influyen en su vida, cuando todos sabemos que no es verdad. Por un lado, piensan que los políticos son buenos para nada; por el otro, la desconfianza les gobierna. Entonces, carburan, para qué ir a elegir a personas que les va o les viene.

La obligatoriedad del voto muchas veces se ve reflejada en las urnas: rechazo y antipatía. Primero, ciertos ciudadanos van a las urnas para evitar la multa. Segundo, otros muchos deciden en la cola para matar la vergüenza de no saber qué marcar. Tercero, un buen número va, firma o anula su votos. De estos últimos, según los resultados de la ONPE, suman más de 3 millones de electores. Ya ve, es el postulante sin nombre que ganó la primera vuelta, pero nadie lo toma en cuenta, tal vez, por conveniencia e interés político. Algo debe cambiar.

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