La reciente Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, publicada en diciembre de 2025, marca un giro en la política exterior de Washington al colocar de nuevo a América Latina como prioridad estratégica dentro de su visión global. Esta estrategia, descrita como una actualización de Trump de la Doctrina Monroe, busca contener el poder de China en el hemisferio y rescatar la influencia de EE.UU. sobre países que han fortalecido vínculos económicos y políticos con Pekín, entre ellos el nuestro. Este es el contexto de la intervención militar en Venezuela, de enorme repercusión regional que culminó con la captura de Nicolás Maduroj. Esta acción reaviva temores sobre la soberanía y la estabilidad democrática en la región y obliga a a replantear estrategias soberanas de política exterior y de interacción económica. No se trata solo de reaccionar ante la presión de Washington, que ha pedido explícitamente a todos nuestros países alejarse de China, se trata de diseñar respuestas autónomas que defiendan intereses nacionales y regionales. China tiene una posición consolidada en la región, una presencia profunda más allá del comercio, con infraestructura, financiamiento, cooperación tecnológica y relaciones políticas que se ha expandido sostenidamente en la última década. El Perú, con su megaproyecto de Chancay y su ubicación geopolitica estratégica, no puede ser un actor pasivo. Debe equilibrar sus relaciones entre potencias sin sacrificar soberanía ni desarrollo, y promover iniciativas de integración regional desde una perspectiva ni alineada ni subordinada. En momentos en que la fuerza funciona más que el derecho, América Latina necesita más que nunca cooperación regional y multilateral, liderazgo propio y políticas basadas en la defensa de sus intereses, sin caer en confrontación. Este es el desafío real del continente y del Perú en el inicio del 2026.

TAGS RELACIONADOS