Hace unos días, el ministro de Educación, Óscar Becerra, estuvo en Chancay y señaló que muchos colegios públicos parecían haber sido “bombardeados” debido a las precarias condiciones físicas en que se encuentran a pesar de que para estos días debieron, en teoría, estar listos para recibir a los niños y jóvenes que necesitan recuperar los conocimientos que han venido recibiendo con las limitaciones propias de las clases virtuales que nos trajo la pandemia.
El ministro se ha referido a la mala gestión de los últimos diez años y a los excesivos montos gastados en consultorías. Aseveró que hubo dinero en el sector, pero que se destinó a otras cosas. Sin embargo, sería bueno centrarnos en el año y medio del gobierno del profesor, sí, el profesor Pedro Castillo, quien además llevó al Congreso a un grupo de docentes que a todas luces se dedicaron a cualquier cosa, menos a mejorar la educación de los más pobres del país.
A quienes creyeron que poniendo a un profesor al frente del país íbamos a tener en Palacio de Gobierno a un líder dedicado a levantar de los suelos la educación pública, allí tienen a su “sindicalista básico” empeñado solo el legalizar su gremio de radicales que se negaban a ser evaluados, en lugar de poner por delante la formación académica de niños y jóvenes que necesitan romper la cadena de pobreza heredada de sus bisabuelos, abuelos y padres.
Como ministros de Educación de la nefasta era Castillo tuvimos a uno cuyo único mundo eran los pleitos entre sindicaros, uno de propiedad del propio jefe de Estado. El hombre terminó siendo censurado por el Congreso en medio de denunciar de venta de las respuestas de las evaluaciones a los docentes. Más tarde llegó otro titular del sector acusado de plagiar su tesis para obtener el grado académico de doctor. Así no íbamos a ninguna parte.
Castillo era el llamado para acabar con años de descuido en la escuela pública. Al menos pudo sentar las bases de su modernización. Sin embargo, su prioridad fue rodearse de parientes, paisanos y amigotes ávidos de meter la mano en las arcas del Estado desde sectores “más rentables” como Transportes y Comunicaciones con el prófugo Juan Silva a la cabeza; y Vivienda y Construcción en manos del hoy presidiario Geiner Alvarado. Un desastre.
Necesitan romper la cadena de pobreza heredada de sus bisabuelos, abuelos y padres




