Si se confirma —como parece indicar el escrutinio de actas al 99,506 %— la victoria de Keiko Fujimori, habrán ocurrido varias cosas interesantes de analizar. En primer lugar, obtener la presidencia en una cuarta ocasión constituye una proeza que, en América Latina, solo había alcanzado —hasta ahora— Salvador Allende en Chile. Con ello, Keiko ya habría hecho historia.

Lo segundo es que el antifujimorismo, que fue el caballo de batalla de la izquierda durante más de 15 años en el Perú para ganar el gobierno —como lo hizo con Ollanta Humala y Pedro Castillo— y para cohabitar políticamente durante los gobiernos de PPK y Vizcarra, ha muerto; se acabó. La tarea principal de la izquierda de cara a las elecciones generales dentro de cinco años será reconstruir su discurso, sus símbolos e incluso sus propuestas programáticas. La gobernabilidad tendrá dos caras. Por un lado, el único partido disciplinado llegará al poder. Esto hará muy difícil pensar en una vacancia presidencial, pues contará con la primera minoría tanto en el Senado como en la Cámara de Diputados. De esta forma, es posible que, por primera vez desde 2015, tengamos un período de gobierno completo, lo que permitiría desarrollar políticas públicas con una duración mayor que la de los gobiernos efímeros de la última década. Se trata de una gran oportunidad para el desarrollo del país.

Asimismo, las patadas de ahogado de Roberto Sánchez, al no reconocer su derrota y pelear para que no se reconozcan los votos de los peruanos en el extranjero, muestran lo mal perdedor que es y evidencian que no merecía llegar a la primera magistratura.

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