Empiezan las lluvias, colapsan las ciudades y las autoridades buscan un nombre para explicar lo de siempre: El Niño, ciclón Yaku, evento extraordinario o cambio climático. Sin embargo, desde el punto de vista meteorológico no hay nada excepcional. Llueve todos los años y sus efectos están documentados. La climatología no trabaja con sustos ni titulares; trabaja con series históricas. Estas señalan qué ríos pueden desbordarse, qué quebradas se activan y qué carreteras fallan. No es chisme: es evidencia acumulada durante décadas. El problema central no es la falta de información, sino la decisión de no utilizarla, atrapados en rótulos confusos y alarmistas que paralizan a las autoridades.

Bastaría responder, en el momento oportuno, una pregunta clave: ¿dónde va a llover con mayor impacto? Todo lo demás es ruido. Cuando llega la emergencia, la prevención ya quedó atrás. Los gobiernos regionales y locales entran en modo espera: esperan ayuda, esperan recursos, esperan autorizaciones. El gobierno central, a su vez, reparte fondos tarde y con desconfianza, porque recibe proyectos débiles o improvisados.

No faltan diagnósticos ni advertencias. Falta decisión. Se gobierna mirando el pronóstico de la semana y no el clima de décadas. Se teme más al titular adverso que al daño previsible, y se escucha a opinólogos de ocasión que a la información técnica.

El próximo gobierno no heredará un país estable. Recibirá un territorio bajo presión climática creciente, con recursos hídricos en conflicto, infraestructuras frágiles y poblaciones expuestas. Ese es el punto de partida real.

Las próximas elecciones regionales y locales deberían romper este ciclo; las presidenciales, difícil. Hacer del clima un eje de gestión, permitiría planificar desde lo conocido y no creyendo en monstruos.

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