Todo indica que, tras estallar el escándalo por la reunión clandestina del presidente José Jerí con un empresario chino, el “remedio” aplicado por el propio Gobierno ha resultado peor que la enfermedad. Lejos de aclarar los hechos, las explicaciones oficiales han profundizado las dudas y alimentado una narrativa de improvisación, opacidad y torpeza política que el país ya conoce demasiado bien.

El presidente del Consejo de Ministros, Ernesto Álvarez, intentó salir en defensa del jefe de Estado y terminó asestándole un golpe demoledor. No solo dejó entrever que Jerí no está preparado para el cargo por su edad, sino que además admitió la comisión de graves errores políticos. Son palabras lapidarias que no se borran con comunicados ni conferencias posteriores. Cuando el principal escudero del Gobierno cuestiona la idoneidad del presidente, el problema deja de ser un escándalo puntual y se convierte en una crisis de liderazgo.

En política, las formas importan tanto como el fondo. Y cuando un presidente se reúne fuera de agenda, a escondidas, con un empresario extranjero, y luego su entorno ofrece explicaciones contradictorias, la sospecha deja de ser malicia para convertirse en una conclusión razonable. La sensación que se instala es la de una red de favores y componendas que el Gobierno no ha sabido —o no ha querido— desmentir con claridad.