Culebra es un escolar de quince años que no quiere ser padre. Hay una gran posibilidad de que su enamorada, Llaneli, de su misma edad, pueda estar embarazada. Solos, en el desarraigo total, los adolescentes buscan una solución por su cuenta en una Moyobamba en vísperas de la fiesta de San Juan. Esa es la historia que cuenta Jhemy Tineo en “Culebra” (FCE, 2026), un cuento largo o una novela corta ―dejemos las categorías para los estudiosos―, una ambigüedad que es una de las principales características de esta y las anteriores publicaciones del autor. En esta ficción, que podría ser la historia real de miles de jóvenes en el Perú, Culebra, haciéndole honor a su chapa, trata de escabullirse de su complejo problema pero este es un asunto mayor que lo supera. Por eso, falla en los exámenes, anda desconectado de las travesuras de sus amigos Mundaca y Santillana e incluso no tiene remordimientos al saber de la muerte de un compañero cercano. La narración muestra, en cada capítulo, el deterioro emocional y moral del protagonista, cuya vida está al borde del precipicio, sin adultos que puedan ayudarlo. Y, en la desesperación, brota la salida de la religión, una creencia que Culebra había abandonado tras la muerte de su madre y que retoma por las circunstancias. Tineo vuelve a plantear los conflictos entre la religión y la carne: coloca a los rezos de dos jóvenes arrepentidos junto a las creencias prohibidas, en una visita a un brujo que muestra la cara oscura de su fe. El otro gran contraste es enfrentar la gran preocupación de Culebra en medio de los preparativos de San Juan, una de las celebraciones más tradicionales y esperadas en la selva. La atmósfera de fiesta y la cara de velorio de Culebra son una situación tan peruana y latinoamericana, retratada también en las ilustraciones de David Orlando. El humor tampoco falta, un recurso indispensable para hacer un contrapeso a la encrucijada del protagonista. El escritor no solo crea una intriga que alimenta el interés de la historia y que construye de a pocos los matices de Culebra, sino que también acierta en el final, abriendo muchos más caminos a la historia, para que los lectores puedan continuarla por su cuenta. Oswaldo Reynoso decía que era un honor que sus libros se lean en el colegio, junto a los de Vallejo, Valdelomar, Ribeyro, entre otros. “Culebra” puede ganarse un lugar entre esas lecturas que inspiran a generaciones, tiene todo el potencial para serlo.




