La detención del senderista Juan Santos Romero, para quien el Ministerio Público está pidiendo 18 meses de arresto preventivo mientras se le investiga por la vil labor de adoctrinamiento terrorista que ha venido llevando a cabo en contra de menores de edad de Trujillo, para lo que había montado un grupo de fachada llamado “Voluntad transformadora”, ha descubierto que esta gente al parecer también tenía previsto realizar ataques armados.

Así se ha establecido tras el levantamiento del secreto de las comunicaciones a este sujeto que tras haber estado en la cárcel por terrorismo, se dio el lujo de inscribirse varias veces en el partido de César Acuña para más tarde dedicarse a contaminar el cerebro de menores de edad a los que hacía repetir cánticos y lemas alusivos a la barbarie extremista desatada por Abimael Guzmán y otros asesinos que el Perú jamás debe olvidar.

Lo grave es que Santos Romero, quien a juzgar por los expertos tendría que ser condenado a por lo menos 20 años de encierro por el agravante de haber estado tratado de convertir a niños en terroristas, habría pretendido pasar “del discurso a la acción”, lo que no sería otra cosa que cometer ataques y asesinatos como en los sangrientos y brutales años 80 e inicios de los 90. Acá las cosas están muy claras y no quedarían dudas de las intenciones de este monstruo.

Sin embargo, muchas veces el sistema de justicia ha dado muestra de tener mano blanda frente al terrorismo. Irónicamente, un país que casi ha sido arrasado por hordas de salvajes de Sendero y el MRTA, posee jueces, fiscales y hasta miembros del Tribunal Constitucional que apelan a legalismos para permitir, por ejemplo, que muchos de estos criminales puedan estar en colegios en contacto con menores de edad.

El caso de Santos Romero demuestra que muchos terroristas no salen nunca de su ideología del terror y el derramamiento de sangre por más que hayan pasado largos años en prisión. Ante eso, la sociedad tiene derecho a protegerse y poner candados para limitar el movimiento de estos seres que solo saben levantar el puño y repetir consignas como las que ya conocemos, y que nos llevaron a vivir una de las etapas más oscuras de nuestra historia.

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