Hay algo admirable en el Perú: nuestra capacidad para sorprendernos de aquello que ocurre todos los años. Llega la temporada de lluvias y descubrimos que existen inundaciones. Aparecen las heladas y recordamos que hay poblaciones viviendo a más de 4.000 metros de altura. Un friaje alcanza la Amazonía, hay nieblas van a Ticlio Chico y actuamos como si fuera la primera vez que sucede. Luego declaramos emergencias, buscamos culpables, reconstruimos lo dañado a medias y esperamos pacientemente la siguiente sorpresa.

Lo curioso es que nada de esto es realmente inesperado. Sabemos dónde lloverá. Sabemos dónde habrá sequías. Sabemos qué carreteras son vulnerables, qué poblaciones están expuestas y qué sectores económicos podrían verse afectados. Tenemos científicos, instituciones y conocimiento acumulado durante décadas.

Lo que no siempre tenemos son datos suficientes para anticiparnos y decisiones oportunas para actuar. Por eso la Red Nacional Hidrometeorológica no es un lujo técnico ni un tema exclusivo de especialistas. Es la infraestructura que permite observar, monitorear, pronosticar, alertar y prevenir. Mientras el mundo convierte la información en decisiones, nosotros seguimos convirtiendo las emergencias en costumbre.

La verdadera modernidad no consiste en inaugurar obras después del desastre. Consiste en evitar que el desastre ocurra. Dentro de algunos meses volverán las lluvias, las inundaciones, ya llegan las heladas o los friajes. Volverán los reportajes, las declaraciones indignadas y las promesas de que esta vez aprenderemos la lección. Luego todo pasará. Hasta la siguiente emergencia. Porque en el Perú el clima cambia constantemente, pero hay algo que permanece inalterable: nuestra extraordinaria capacidad para no aprender de la experiencia.