Contemplado desde la peculiar mirada del escritor peruano Sebastián Salazar Bondy, la palabra “criollo” es un vocablo multidimensional de larga trayectoria. En Lima la horrible, ensayo publicado en 1964, Salazar Bondy sostiene que con el paso del tiempo, el término ha sufrido una serie de mutaciones y que su significado actual se relaciona con una persona de “cualquier cuna, que vive, piensa y actúa de acuerdo a un conjunto dado de tradiciones y costumbres nacionales”. Es decir, que son criollas la jarana, la usanza femenina de la tapada, los bailes tradicionales, las procesiones de santa Rosa de Lima y del Señor de los Milagros, entre otras actividades. Según el autor, ha existido una especie de falsificación del criollismo, ya que no es solo lo mencionado, es también “la viveza criolla”, una forma degradada de lo criollo. ¿Qué es esa viveza? “Un mixtión, en principio, de inescrupulosidad y cinismo. Por eso es en la política donde se aprecia mejor el atributo. En síntesis, consiste en la flexibilidad amoral con que un hombre deja su bandería y se alinea en la contraria, y en el provecho material que saca, aunque defraude a los suyos con el cambio”. Sin embargo, este criollismo degenerado está presente en todas las esferas de la actividad social y lo encarnan comerciantes, abogados, sacerdotes, policías, funcionarios, docentes, etc. En la lógica maniquea de aquél que vive de acuerdo al criterio de la viveza criolla, la humanidad se divide entre vivos y tontos. Los primeros, homenajean a la picardía, el fraude, lo ilícito, y los otros, se someten al imperio de la ley y obran de acuerdo al dictamen de su conciencia.

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