El monitoreo del fenómeno El Niño (ENSO) se ha convertido en una pieza clave para la toma de decisiones públicas y privadas. Sin embargo, existe un problema poco discutido pero recurrente: la tendencia a sobreinterpretar señales del calentamiento del mar como si fueran predictores directos de impactos en todo el territorio nacional.
El enfoque actual suele colocar al análisis oceánico en el centro de la narrativa climática. Esto es comprensible, ya que dichas zonas funcionan como indicadores relevantes del estado del Pacífico. No obstante, confundir indicadores con determinantes ha llevado, en más de una ocasión, a decisiones equivocadas, especialmente en sectores sensibles como la agricultura, la gestión hídrica y la prevención de desastres.
Cuando el calentamiento del mar es débil, su capacidad de modificar la circulación atmosférica también lo es. En estos escenarios, las lluvias en la sierra y la selva y la costa centro y sur dependen de dinámicas complejas como el transporte de humedad amazónica, la topografía andina, la corriente peruana y sistemas regionales de viento que no responden de manera consistente a dicha señal oceánica. Pretender lo contrario no solo es técnicamente impreciso, sino riesgoso.
Los pronósticos climáticos regionales y nacionales basados en modelos atmosféricos, información hidrometeorológica local y observación continua, deben constituir la base operativa para la toma de decisiones. Las tendencias oceánicas, por su parte, deben cumplir un rol complementario: aportar contexto, pero nunca sustituir el análisis meteorológico específico.
Debemos apostar por un enfoque integrado donde lo global informe, pero no determine lo nacional: es una necesidad urgente para evitar errores costosos.




