El Congreso volvió a recordar quién manda en el Perú al destituir a un presidente por tercera vez consecutiva. La escena ya no sorprende: es parte del paisaje político. La inestabilidad dejó de ser una anomalía para convertirse en rutina. En este país, un mandatario sin mayoría parlamentaria gobierna con cronómetro en mano, esperando la siguiente moción de vacancia o censura como quien espera un temblor anunciado.
Con el cambio que se producirá hoy, el Perú habrá tenido ocho presidentes en apenas una década. No es una cifra: es un síntoma. The New York Times lo resumió con crudeza al señalar que se trata del “último trastorno en un país que ha cambiado de líderes a una velocidad sorprendente”.
Lo curioso es que, pese a este carrusel institucional, la economía ha logrado mantenerse relativamente al margen del caos político. En cualquier otra nación, esta rotación frenética habría espantado a los inversionistas y golpeado la estabilidad macroeconómica. Aquí ocurre lo contrario: el país parece funcionar con dos motores separados, uno político que se incendia y otro económico que sigue girando como si nada pasara. Una anomalía que muchos envidian, pero que no deja de ser una bomba de tiempo.
Sin embargo, no todo puede atribuirse a la debilidad del Ejecutivo. José Jerí no cayó del cielo: fue puesto por el mismo Congreso que hoy lo derriba. Esa responsabilidad no puede ocultarse ni maquillarse. Hoy no puede volver a equivocarse.




