Hay un “podio” que una vez al año consigue algo extraordinario: reunir en Nueva York a los gobiernos del mundo. Esta semana, en la Asamblea General de la ONU, estuvo también la presidenta del Perú, Keiko Fujimori, junto a otros jefes de Estado y de Gobierno. El dato sirve para una pregunta elemental: ¿qué tiene de extraordinario este escenario para que incluso quienes lo cuestionan no pierdan oportunidad de estar presentes?

La ONU es, al mismo tiempo, una institución poderosa y limitada. No es un gobierno mundial ni puede imponer su voluntad a los Estados. En los grandes conflictos, el Consejo de Seguridad puede quedar paralizado por el veto de sus miembros permanentes. La Asamblea General aprueba resoluciones con peso político y diplomático, aunque sin capacidad directa de ejecución. Y, sin embargo, cumple una función difícil de reemplazar: ofrece una mesa común. Allí, pueden sentarse países grandes y pequeños, aliados y adversarios. Se discuten guerras, paz, cambio climático, desarrollo, salud, migración, seguridad y nuevas tecnologías. También se producen reuniones diplomáticas bilaterales, contactos, negociaciones y oportunidades para colocar asuntos nacionales en la agenda.

Por eso el “podio verde” tiene un valor que va más allá de las palabras frente a las cámaras. Un presidente puede utilizarlo para defender la posición de su país, buscar respaldo o dejar constancia de su presencia. Alrededor del podio ocurre además lo que no se ve en televisión: conversaciones entre gobiernos, organismos, empresarios, inversionistas y diplomáticos. La ONU puede ser criticada por su burocracia, sus costos, su lentitud y su dificultad para resolver algunos problemas graves del planeta. Pero quienes formulan esas críticas suelen entender también el enorme potencial de estar allí. Criticar la institución y utilizar el escenario no son incompatibles. Quizás esa sea la utilidad de la Asamblea General: mantener abierta una mesa de conversación cuando el mundo está dividido. Es una especie de “feria mundial del poder”, donde cada país llega con una bandera, una voz y una agenda individual.

La imagen de los presidentes ante el podio verde puede parecer ceremonial. En realidad, representa algo concreto: ningún gobierno quiere quedar fuera del lugar donde, durante unos días, el mundo político se mira, se escucha, negocia y toma nota. La ONU puede ser lenta y burocrática. Pero mientras los Estados necesiten hablar, seguirá siendo un espacio difícil de ignorar.

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