Una lección fundamental que deberíamos haber aprendido de las últimas campañas políticas es que los pactos que se firman durante las elecciones vuelan por los aires cuando se termina la contienda electoral. Todo se reinicia con el periodo presidencial y la salud de los presidentes no resiste el virus de la división. Estamos acostumbrándonos a que el arte de asesinar presidentes se convierta en un oficio casi industrial. Los matamos antes de que maduren. Y eso no parece que cambie de un día para otro. A más Congreso fragmentado, más debilidad presidencial. Y esto, ¿por qué? El Parlamento ha tomado plena consciencia de su ser, de sus alcances, de sus poderes y de su debilidad congénita, la fragmentación. De allí que la unión en torno a ciertas políticas haya sido la clave para contener la histórica propensión peruana a validar el despotismo presidencial. Oro y esclavos, dijo Bolívar. El último caudillo-presidente fue Vizcarra, que en mala hora se inclinó por la política. Después de él, gracias a él, el Parlamento logró actuar casi como un solo organismo, desmontando la presidencia imperial que, en un acto contra Derecho, cerró el Congreso y destruyó a la democracia. Sí, la unidad del Parlamento fue la respuesta a la voluntad tiránica del vizcarrismo, pero como sucede en todas las alianzas de equilibrio, los factores se alteran rápidamente cuando se exaltan los ánimos para alcanzar una cuota de poder estéril y falaz. Todo esto refleja la miopía de una clase política que no piensa en el bien común, que se queda en la táctica y desconoce la estrategia. En nuestro sector, casi todos han errado en el diagnóstico y en el remedio. Al otro lado, sonriendo con inteligencia, nos contempla Vladimir Cerrón. Ha leído muy bien la radiografía de nuestras fracturas. La ha examinado detenidamente y ahora sabe por dónde tiene que operar.




