En una crónica de la revista “Gatopardo”, con el título de “El hombre que fabrica presidentes”, el ecuatoriano Jaime Durán Barba, al que calificaban como “una estrella de la consultoría política en América Latina”, hablaba sobre el Acuerdo de Paz entre Perú y Ecuador de 1998.
Durán contaba que, en aquel momento, el 82% de los ecuatorianos quería ir a la guerra contra el Perú. Sin embargo, trabajando junto al entonces presidente Jamil Mahuad, logró conducir a la opinión pública hacia la paz. “La cosa más importante que hice en toda mi vida fue mi trabajo para la paz con Perú”, confesó. Finalmente, Mahuad y Alberto Fujimori firmaron un acuerdo histórico que cerró décadas de tensión fronteriza.
Han pasado 28 años y otra vez el Perú y el apellido Fujimori se cruzan en la vida de Durán Barba. Hace poco, el consultor reveló que sigue de cerca el proceso electoral peruano y confirmó conversaciones recientes con Keiko Fujimori. No fue una declaración menor. En campañas modernas, la presencia de Durán suele percibirse rápidamente. Y algunos movimientos de Keiko parecen llevar claramente su sello: menos confrontación emocional, más control discursivo y una imagen de serenidad frente a los ataques.
Por ejemplo, en su libro el “Arte de ganar” sostiene que “se busca que el oponente reaccione emocionalmente (furia del toro) mientras nuestro candidato mantiene la calma racional (torero)”. Eso es lo que pasa actualmente cuando Rafael López Aliaga lanza críticas y hasta insultos contra la candidata fujimorista y esta le responde con moderación. La pregunta de fondo, sin embargo, sigue abierta. Si Durán Barba fue capaz de cambiar el deseo de guerra de un país entero, ¿podrá también reducir el histórico antivoto de Keiko Fujimori?




