Alejandro Toledo llegó en 2001 a la Presidencia de la República vendiéndose como el paladín de la honestidad y la lucha contra la corrupción que nos dejaban Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos. Sin embargo, acabó nadando en millones de dólares inmundos que se hacen evidentes en dos momentos que sirven de muestra: cuando el “sano y sagrado” tuvo un descomunal crecimiento de su patrimonio inmobiliario y al pagar en Estados Unidos una millonaria defensa jurídica para evitar su extradición al Perú.
El lunes último el Poder Judicial ha admitido una demanda del Ministerio Público a fin de que las propiedades a nombre de Alejandro Toledo, Eliane Karp y la madre de esta última, Eva Fernenbug, pasen al Estado. Se trata de las casas de Camacho y Punta Sal, cuyas hipotecas fueron canceladas con dinero de oscura procedencia; la mansión de Las Casuarinas, la oficina de Torre Omega, frente al Jockey Plaza, y sus respectivas cocheras, todo esto comprado al contado.
Es imposible que personas honestas con los ingresos de Toledo, su esposa y su suegra, hayan podido hacer estos pagos. Acá no cabe el cuento de que han sido profesores en grandes universidades de Estados Unidos o que la señora Fernenbug recibió dinero como compensación por la muerte de sus familiares judíos. Simplemente las cuentas no calzan. El Ministerio Público dice que el desbalance es de varios millones de dólares. La corrupción es más que evidente.
A esas “adquisiciones” inmobiliarias hay que sumar la millonaria defensa que ha pagado Toledo en Estados Unidos para impedir que lo traigan a Lima esposado y dando vergüenza a todos los peruanos. Incluso hemos sabido que pagó un millón de dólares de fianza, los cuales ahora pretende recuperar. ¿De dónde salió todo ese dinero? ¿de su sueldo de presidente? ¿le prestó su anciana suegra? ¿de las utilidades que le dejó la empresa trucha Ecoteva abierta en Costa Rica con la firma de un empleado de limpieza?
La corrupción Toledo y su familia es más que evidente. Basta hacer sumas y restas para ver que quien llegó como el ícono de las manos limpias y la decencia, no es más que un coimero, un ladronzuelo y un cínico que insiste en victimizarse y promocionarse como un “perseguido político” al igual que su vecino de celda Pedro Castillo, otro de los grandes fiascos de la política peruana que solo pudieron llegar a donde llegaron apuntalados por personajes que tienen que dar muchas explicaciones a los peruanos.
Acá no cabe el cuento de que han sido profesores en grandes universidades en Estados Unidos




