Especialmente ahora que las redes sociales se encargan de hacer saber –con todos sus excesos e irresponsabilidades– lo que antes estaba reservado para el periodismo, me reafirmo en que la educación formal sigue teniendo su eje en las escuelas o colegios, pero la médula educativa está en el hogar y se proyecta en la vida cotidiana. Dicho sea de otro modo: somos básicamente como nuestro entorno nos invita a ser. O quizás nos obliga.
Un viejo y vigente refrán sigue siendo “a donde fueres, haz lo que vieres”. Entonces –y sólo para referirnos a lo que vemos en la vida cotidiana– se podrá botar la basura donde nos dé la gana; no importará pasarse un semáforo en luz roja –mejor si estamos en moto–; tocaremos bocina sin límites y aparcaremos donde sea; si trabajamos en una institución pública atenderemos al público no como un deber si no casi como un favor; y no deberemos olvidar jamás que una “coimisión” será siempre muy útil. Pero la lista de casos es bastante más larga.
Pensando en esto es que he recordado el concepto de “ciudades educadoras”, cuya vigencia urge hoy recuperar como “un paradigma para fomentar la educación a lo largo de la vida, la cohesión social y la sostenibilidad”, puesto que una ciudad es un espacio de aprendizaje continuo.
Estando próximas también las campañas para los gobiernos locales, ojalá que los interesados se persuadan de que el entorno urbano es un agente educador fundamental.
En un intento de síntesis, la educación está hoy compartida entre el hogar (la fundamental), la escuela, las redes sociales y la comunidad que también educa aunque no se lo proponga.




