La instalación de un partido de gobierno y sus primeros cuadros en la administración pública no ocurre en un solo acto, es un proceso gradual que depende de la impronta de cada ministro. Al margen de los cargos de confianza, todo inicio de gestión exige evaluar lo ejecutado por el gobierno saliente para distinguir lo que funciona, lo que falla y lo que debe reformarse.
La costumbre de la oposición política solía conceder un periodo de gracia dentro de los cien días del nuevo gobierno para dar a conocer las primeras señales de su fiscalización, una práctica también conocida como la “luna de miel”. Si bien el control parlamentario no hace pausas, solía establecer una tregua pública mientras la burocracia se asentaba. Sin embargo, las redes sociales y la hiperinmediatez digital no brindan tregua alguna. A diferencia de la era donde la prensa tradicional fijaba los tiempos de debate de un día para otro, la política contemporánea transcurre en un flujo de interacción y juicio ciudadano en tiempo real.
La “luna de miel” política ha desaparecido. La exigencia pública de respuestas inmediatas no da pausa a la prudencia técnica que requiere la gestión estatal. La democracia de audiencias, como lo definió el politólogo Bernard Manin, ha cambiado las reglas del juego desde el pitazo inicial. La aparición de las redes sociales al alcance ciudadano desde un teléfono celular eliminó los clásicos filtros editoriales, sustituyendo la prudencia estratégica de la oposición por una permanente fiscalización ciudadana e interpartidaria en tiempo real.




