El Perú está “educando” generaciones enteras de niños que pasan años dentro del sistema educativo sin aprender lo mínimo indispensable para enfrentar la vida. Y lo más grave es que el país parece haberse acostumbrado a ello. La ENLA 2025 (Encuesta Nacional de logros de aprendizaje) aplicada recientemente por el Ministerio de Educación, confirma una tragedia silenciosa: millones de estudiantes no comprenden adecuadamente lo que leen, no pueden resolver problemas matemáticos básicos y avanzan de grado en grado, arrastrando enormes vacíos de aprendizaje. Lo dramático es que, en muchos casos, el deterioro es más evidente conforme avanzan los años. El sistema no corrige las brechas: las acumula. Y mientras más vulnerable es el entorno, peor es la situación. El propio informe reconoce que las mayores dificultades se concentran en zonas rurales, amazónicas y en contextos de pobreza. Pero el problema ya no puede justificarse únicamente por falta de recursos. El presupuesto público en educación se ha multiplicado grandemente en las últimas décadas. El país dispone de más recursos y gasta mucho más. Sin embargo, el aprendizaje no mejora al mismo ritmo, empeora.
La pregunta que el Perú debe hacerse con absoluta honestidad es incómoda, pero necesaria: ¿para quién está funcionando realmente el sistema educativo público?
Porque da la impresión de que durante años el centro de gravedad dejó de ser el estudiante y pasó a ser la supervivencia política y sindical del aparato educativo. Las discusiones políticas giran alrededor de nombramientos de docentes, derechos, bonos, huelgas, incrementos salariales y estabilidad laboral, mientras millones de niños siguen atrapados en escuelas que no logran enseñarles lo esencial. Defender derechos laborales es legítimo. Pero ningún derecho de esa naturaleza puede estar por encima del derecho de un niño a recibir educación de calidad.
Y aquí aparece otra verdad incómoda: incluso las escuelas privadas de bajo costo, ubicadas en sectores populares, logran muchas veces mejores resultados que la educación pública. Eso demuestra, nuevamente, que el problema no es solamente dinero. Es gestión, meritocracia, liderazgo, evaluación docente, disciplina institucional y obsesión por el aprendizaje. El Perú necesita volver a poner todas sus “balas” sobre el “aprendizaje” y no sobre la burocracia estatal. Porque cada año que pasa sin corregir este desastre, se condena a millones de niños a un futuro con menos oportunidades, menos ingresos y menos libertad.




