En los últimos días, se ha especulado sobre las repercusiones para el Perú de un eventual repunte de la producción petrolera venezolana, a partir de nuevas inversiones norteamericanas orientadas a reconstruir su deteriorada infraestructura energética. Conviene poner el tema en perspectiva. El Perú produce actualmente no más de 50,000 barriles diarios de petróleo, mientras que su consumo bordea los 300,000. La diferencia se cubre con importaciones, principalmente desde EE.UU., Ecuador, Nigeria y Brasil.

Si bien estimaciones sugieren que el país podría superar los 400,000 barriles diarios de producción, la inversión en exploración brilla por su ausencia. La razón es conocida: una maraña de trámites, baja predictibilidad regulatoria y debilidad institucional que desincentivan el desarrollo de las industrias extractivas. Por el lado venezolano, hoy produce alrededor de 1 millón de barriles diarios, lo que representa apenas el 1 % del suministro mundial de crudo. Aun bajo un escenario optimista, podría alcanzar los 2.5 millones de barriles diarios si se reconstruye su industria petrolera. Sin embargo, ello demandaría tiempo, estabilidad política y recursos considerables. El mercado petrolero global está dominado por otros actores. EE. UU. lidera la producción con cerca de 14 millones de barriles diarios, seguido por Arabia Saudita, Rusia y Canadá.

Además, las decisiones de la OPEP continúan siendo determinantes en la oferta y los precios internacionales. Así, resulta prematuro anticipar impactos directos o significativos para el Perú. Cualquier ajuste de precios dependería no solo de Venezuela, sino también del contexto geopolítico y de los grandes productores.

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