Hay tantos congresistas que hoy se rasgan las vestiduras contra José María Balcázar que uno pensaría que en la elección del nuevo presidente hubo un error en el conteo de votos. Con la cantidad de discursos indignados y tuits moralizantes, resulta casi imposible creer que María del Carmen Alva haya perdido. Si el rechazo fuera proporcional a la retórica actual, la acciopopulista habría ganado por goleada. Es inverosímil que casi todas las fuerzas políticas se conjuren ahora para darle duro al presidente que ellas mismas encumbraron. Ojo: la maldad usa muchas máscaras, y la más peligrosa es la máscara de la virtud. En el Congreso, esa máscara parece de uso obligatorio.
Parece que ahora no les gusta el resultado porque la opinión pública reaccionó con furia. Según Ipsos, Balcázar arranca con 63% de desaprobación. Y claro, cuando el termómetro social quema, más de uno corre a desmarcarse como si nunca hubiera estado en la foto.
Mientras tanto, el espectáculo continúa fuera del hemiciclo. Rafael López Aliaga y Keiko Fujimori se despedazan sin pudor, disparando acusaciones como si la campaña fuera un espacio bélico. La corrección política ha sido reemplazada por ráfagas verbales. Resulta curioso: comparten buena parte del electorado, coincidieron en más de una causa y hasta fueron aliados circunstanciales. Pero como decía el humorista Enrique Pinti, las guerras empiezan cuando un amigo se convierte en enemigo.Y en esta guerra fratricida alguien terminará políticamente herido de muerte. La política peruana vuelve a ofrecernos su tragicomedia habitual: congresistas que fingen indignación por decisiones que tomaron y candidatos que se aniquilan entre sí para facilitar la victoria de un tercero.




