La construcción de un nuevo gobierno debe fundarse en el principio de realidad. Gran parte de la crisis presente nace de la distorsión ideológica que pretende construir un modelo ficticio capaz de resolver los problemas del país. Así, exacerbando algún principio, deformándolo e instrumentalizándolo (la solidaridad, la libertad, la justicia), las ideologías intentan transformar la realidad aplicando teorías y remedios que no nacen de la experiencia. Por el contrario, parten de la mente fanática de pseudo-intelectuales que abrazan con vehemencia el espejismo de la ensoñación. Por eso, cuando estas teorías se aplican a la realidad, fracasan y generan miseria, sectarismo, destrucción o ineficiencia. Una cosa es con guitarra y la otra con cajón.
De allí que sea fundamental analizar con seriedad y prudencia los límites del pensamiento ideológico. Algunos ingenuos consideran que pueden manipularlo todo según sus deseos, aunque estos deseos colisionen con los problemas reales. El Perú es semejante pero no igual a otros países. Existe una singularidad nacional, un particularismo que nos hace parecidos pero diferentes a los demás. Por eso la realidad nacional debe ser estudiada milímetro a milímetro, confiando en los que están en el frente de batalla, no en los que miran desde la retaguardia. Y la retaguardia es Lima, no nos engañemos. Intentar aplicar fórmulas que no han nacido de la realidad inmediata condena al gobierno al ausentismo y la esterilidad. Y ya sabemos qué hace el pueblo peruano con ese Jano bifronte que a tantos males nos ha condenado.
Necesitamos un gobierno realista de gerentes, de técnicos que se alquilen, de peruanos que resuelvan los problemas cotidianos de cada pueblo, de cada región. La alta política da la línea de acción, señala un horizonte, una utopía indicativa y los técnicos resuelven lo que nadie sabe cómo resolver. Reconocer las limitaciones del poder y buscar a los mejores técnicos es la clave para alcanzar el equilibrio de todo gobierno sabio. Y esto es la humildad.




