El Perú está detenido, no en piloto automático. Lo que no nada contra la corriente no tiene vida. Los últimos años de crisis política nos han dejado en un estado de postración nacional. Aquí todo puede pasar porque hemos dejado de ser un país serio. Un sector pequeño pero bien organizado de radicales de izquierda decidió desatar una guerra de exterminio contra el fujimorismo y el aprismo utilizando para ello el aparato represor del Estado. El resultado fue su propia derrota pero también la caída profunda de todo el sistema democrático y legal. El Estado de Derecho, instrumentalizado por motivos ideológicos, arrastró en su caída a la débil democracia peruana, configurando un escenario perfecto para el triunfo de la polarización y la anarquía. Sí, estamos a las puertas de la anarquía, están llegando los bárbaros.
La propensión a la informalidad peruana se ha transformado en una queja permanente, en un llanto interminable que la clase política no logra conjurar. Cualquier programa que se proponga, cualquier idea que se sostenga, caerá pronto en el descrédito. Vivimos a la velocidad de la pasión, no de la razón. Nada dura más de un mes en un sistema completamente desacreditado. Por eso, para que el Estado sobreviva, para que el Derecho pueda ser una técnica de gobierno real, debemos elegir partidos con experiencia de gobierno, gobernantes cuajados en el idioma del poder. Tenemos que rechazar a los demagogos que no conocen la cosa pública, a los teóricos de salón.
Cuando todo se derrumbaba en su mundo político, los romanos llamaban a los que más sabían, a los que tenían la experiencia del gobierno, a los que desde su más tierna infancia estaban familiarizados con los procesos del Estado y el ejercicio del poder. Es la hora de la acción.




