A mi juicio, la discusión más interesante sobre si es lícito derrocar a un gobernante usurpador, ilegítimo, opresor, que no reconoce el mandato de la voluntad popular, expropia violentamente las legítimas posesiones privadas, restringe libertades, persigue a miembros de la sociedad civil por sus posiciones políticas disidentes, obliga a millones de ciudadanos a un desplazamiento migratorio y hace imposible llevar una vida digna, es la doctrina del tiranicidio, es decir, la forma más radical de resistencia al tirano. El pensador que más ahondó en la cuestión del tiranicidio fue el P. Juan de Mariana, de la Compañía de Jesús, en su tratado de 1599 Del rey, y de la institución de la dignidad real, pero en esta ocasión –dadas las circunstancias de la quirúrgica intervención militar de Estados Unidos a Venezuela–, recordaremos las palabras del jurista español Fernando Vásquez de Menchaca (1512-1569), miembro de la Escuela de Salamanca, que, reflexionando sobre si es lícito o no destronar por medios violentos al tirano, dice: “Es incumbencia de todos los restantes príncipes del mundo el acudir en apoyo y auxilio de aquel pueblo víctima de la tiranía”. Dados los niveles de opresión y ausencia de recursos armamentísticos para derribar al tirano por parte de la población civil, la única esperanza del oprimido pueblo venezolano descansaba en una intervención militar de alto nivel, liderada por una fuerza militar mayor, ya que diálogos pacíficos, acuerdos políticos, movilizaciones multitudinarias y el no reconocimiento de la pérdida de las elecciones por parte de Maduro, llevaron al agotamiento de alternativas pacíficas de resolución de conflictos internos.