En el Perú de los últimos años, las elecciones presidenciales han dejado de ser un acto de esperanza para convertirse en una apuesta por su duración política. Ya no se debate únicamente quién debe gobernar, sino cuánto tiempo logrará mantenerse en el cargo. El debate público parece haber mutado peligrosamente: más que votar, muchos parecen pensar en cómo botar.

Bajo interpretaciones cada vez más amplias de la Constitución, y maniobras parlamentarias cuestionadas, la Presidencia de la República ha quedado expuesta a mayorías coyunturales y presiones constantes. El mensaje que se instala es peligroso: si el presidente no gusta, siempre habrá una vía para destituirlo.

El retorno del Senado en Perú abre una oportunidad para fortalecer el debate institucional y mejorar la calidad de las decisiones políticas. Con el nuevo sistema bicameral, una eventual vacancia presidencial deberá pasar por dos instancias: primero la aprobación de la Cámara de Diputados del Perú y luego la ratificación del Senado del Perú, lo que introduce un filtro adicional frente al modelo actual.

Sin embargo, ningún rediseño del Congreso garantizará estabilidad si la vacancia presidencial continúa siendo una herramienta política antes que un mecanismo constitucional excepcional. Sin reglas claras, el riesgo es que la crisis simplemente cambie de escenario, pero no desaparezca.

La democracia no consiste únicamente en votar. También implica respetar, dentro de los límites constitucionales, el mandato popular, permitir que quien ha sido elegido gobierne y exigir rendición de cuentas sin convertir la inestabilidad en norma.