Opinión

​La La Land: Ejercicio nostálgico

Tras la grata sorpresa que significó "Whiplash", su segundo largometraje, Damien Chazelle nos ofrece un ambicioso relato musical

27 de Enero del 2017 - 19:10 Enrique Silva Orrego

Las 14 nominaciones al Oscar que ostenta "La La Land", tercer largometraje del joven cineasta estadounidense Damien Chazelle, parecieran colocarla como película destinada a la aceptación total. Sin embargo, por más evocadora de una era pasada, aún cuando se ambienta en la actualidad, por más nostálgica que pretenda lucir, el resultado es irregular, pese -incluso- a su dinamismo y la habilidad de su director.

Chazelle alcanzó una merecida atención a nivel mundial con su cinta previa, el drama "Whiplash" (2015), que enfrentaba a un joven músico -estudiante de batería- con su tiránico profesor (un notable J.K. Simmons). En este pequeño pero intenso filme, el realizador y también guionista demostró su amplio conocimiento del lenguaje cinematográfico. Y la notoriedad del empeño lo ha llevado, con toda lógica, a un trabajo de mayor envergadura.

"La La Land" aparece así como un producto ambicioso a nivel narrativo, con una historia bastante sencilla que el director se encarga de vestir y retocar hasta hacerla resplandecer con el mayor brillo posible. Apelando al viejo cinemascope que hacía las delicias de los espectadores en la década del 50, a un saturado uso del color, a escenarios de estudio combinados con locaciones exteriores y efectos visuales digitales para dar la impresión de un mundo moderno, pero de artificio, que responde, estamos seguros, a las muy propias inquietudes del autor.

ADMIRADOR DEL MUSICAL CLÁSICO. Nadie podrá discutir que esta película musical es un trabajo personal de Chazelle, quien, sin duda alguna, es un admirador del musical clásico hollywoodense, al que evoca no siempre con la misma contundencia. Lo hace, por ejemplo, en la secuencia inicial, en una autopista congestionada de Los Ángeles, donde la destreza visual se impone en la dinámica coreografía y el movimiento de los bailarines. Igualmente en la recapitulación final, que acentúa aún más la evocación nostálgica por ese maravilloso género que impusieron Gene Kelly, Fred Astaire, Cyd Charisse, Leslie Caron, Stanley Donen, Vincente Minnelli y muchos más.

En otros momentos, Chazelle parece peder el paso, como en la alargada secuencia que le rinde homenaje a la rebeldía de James Dean, incluyendo un paseo y baile en el mismo observatorio de "Rebelde sin causa" (1955), la mítica película de Nicholas Ray. Queda entonces la impresión de que no es capaz de darle más fuerza a su relato, de no hallar el 'timing' requerido para resolver todas las correrías de su pareja protagónica, una aspirante a actriz (Emma Stone) y un músico de jazz soñador (Ryan Gosling) que intentan alcanzar la cima en el mundo del espectáculo.

Como en tantas películas pasadas del género, la historia es romántica y melancólica a la vez, y apela obligadamente a la química que puedan generar sus intérpretes principales. Stone y Gosling procuran mantener encendida esa química, pero no siempre dan en el blanco. Y ella, en líneas generales, luce más expresiva y suelta de huesos que él.

Tras la experiencia de este curioso ejercicio nostálgico y de sus dos anteriores cintas también vinculadas a la música, Chazelle está preparando un 'biopic' sobre el legendario astronauta Neil Armstrong, el primer hombre en caminar sobre la luna. Un cambio de aires que parece oportuno en su corta carrera profesional.

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