En una elección donde el elector busca rostros nuevos y “manos limpias”, resulta indispensable un escrutinio serio de las trayectorias reales, más allá de la retórica a la que muchos políticos recurren en campaña.
Los casos de Alfonso López Chau y Carlos Álvarez evidencian contradicciones que la ciudadanía no debería pasar por alto. Mientras el exrector intenta construir una narrativa de “preso político” que colisiona con registros y testimonios sobre procesos por delitos comunes en los años setenta, el exhumorista que promete “cero corrupción” carga con antecedentes que lo vinculan a visitas al SIN y a la recepción de recursos durante el régimen de Montesinos.
La idoneidad para gobernar no se declama, se acredita con una trayectoria coherente. Resulta paradójico que quien modificó estatutos universitarios observados por la Contraloría hoy pretenda dar lecciones de institucionalidad, o que quien habría puesto su talento al servicio de una maquinaria de corrupción sistémica se presente como adalid de la ética pública. Estas amnesias selectivas, judiciales o políticas, revelan una fragilidad ética que suele pasar factura cuando se alcanza el poder.No bajemos la guardia frente a la emoción del discurso “antisistema”. El país necesita liderazgo, pero uno que resista la prueba de la verdad. Votar informados implica evaluar no solo lo que se promete hacer mañana, sino lo que realmente se hizo ayer. No reciclemos prácticas que el Perú necesita dejar atrás.




